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Full text of "Traduccion De Andres Munoz Anaya 1893 Montevideo De A. Dumas"

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MONTEVIDEO 

Ó UNA 


NUEVA TROYA 

Escrita en francés 


ACEJANDRO DUMAS 

(Ht II») 


Versión española 

Pos ANDRÉS MUÑOZ ANAYA 


MONTEVIDEO 

Imprenta y bebrería del Plata, calle Andes núm. 174. 


1893 





tmm 


LOS 




^-lejandjro I>ujacia,s. 




Dos palabras 


«MONTEVIDEO Ó UNA NUEVA TROTA— El 
« interesante libro que con el titulo de estas 
« lineas publicó en París Alejandro Dumas 
« el año ae 1850, con datos que le fueron fe* 
« cilitados por el General Melchor Pacheco y 
« Obes, está siendo traducido actualmente 
€ por un joven compatriota amante de núes* 
« tras glorias históricas. 

« La traducción debe ser en breve editada 
« por su autor, Andrés Muñoz Anaya, hijo 
«ae uno de los que defendieron á Montevi— 
« deo bago las órdenes de Garibaldi; y es de 
« esperar que tenga la acogida que mereció 
« siempre la edición original, hoy entera- 
« mente agotada. » 

«El ÍHa » Miércoles, 7 de Diciembre de 1892. 


Estimulado por la falta de una obra en nuestra 
lengua que dé á conocer los detalles umversalmente 
gloriosos de la heroica defensa de Montevideo, he 
abordado la traducción de la obra escrita en el año‘ 
1850 por el eminente escritor francés Alejandro Du- 
mas al respecto, confiando ademas en que los errores, 
que me sean propios, serán disculpados por la bene- 
volencia de los lectores, en mérito á que no me anima 
otro propósito que el de difundir entre la juventud 
de mi patria, en la medida de mis fuerzas, los he- 


chos gloriosísimos de aquella lucha épica que ad- 
miró al mundo al par que dio á conocer las cuali- 
dades nobles y generosos del gran partido colorado. 


El Traductor. 



MONTEVIDEO Ó UNA NUEVA TROVA 


CAPÍTULO I 


Lo primero que aparece á la vista del viajero 
que llega de Europa sobre aquellas naves que 
los primeros habitantes convertían en casas vo- 
lantes, y que el marinero en observación domi- 
na,— son dos montañas;— la una en que aparece 
edificada la ciudad, y en la que surge la catedral, 
la iglesia madre, la matriz, como la llaman; — 
la otra cubierta de verdura, y en la cual se alza 
magestuoso un faro, y que denominan el Cer- 
ro; — de modo que cuanto mas aproxima el via- 
jero, él aparece detrás de las torres de la catedral, 
cuyas cúpulas de porcelana, brillan al sol; — á 
la derecha del faro situado en la cumbre del 
Cierro, y de donde se domina la inmensa llanura. 




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se vén innumerables miradores de lindo aspecto, 
casi corona de las casas blancas y rosadas y 
cuyos balcones en las horas de la tarde son un 
punto de reunión; — al pié del Cerro, los vastos y 
numerosos saladeros, y en la rivera de la bahía 
las risueñas quintas, orgullo y delicia de los 
habitantes, que en los días festivos, llegan nume- 
rosos, al Miguelete, á la Aguada, al Arroyo Seco. 
Después se echa el ancla entre el Cerro y la ciudad 
dominada por su gigantesca Catedral, cual otra 
Leviátan entre cantidad de casas, y una lancha 
de seis remeros, rápidamente, lo lleva á la orilla, 
donde durante el dia, se vén en las inmediaciones 
de aquellas encantadoras quintas, grupos de 
mujeres vestidas de amazonas y de caballeros, 
y al caer de la tarde y á través de los balcones 
que esparcen torrentes de luz y de armonía, se 
oyen las notas del piano, los lamentos del arpa, 
el compás de las cuadrillas, ó las tristes caden- 
cias de las canciones, — motivos todos para consi- 
derar á Montevideo la reina de aquel gran Rió 
de la Plata que después de correr aún 80 leguas, 
desemboca en el Atlántico. 

Juan Díaz de Solis descubrió en el 1516 la 
costa del Rio de la Plata y habiendo el vigía á 
la vista del Cerro gritado Monte-video, este nom- 
bre le cupo á aquella ciudad, de la cual damos 
breves detalles. 



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La audacia costó la vida á Solis, quien hacía 
un año había descubierto el Rio de Janeiro; quiso 
dejando en la bahía dos naves, aventurarse con 
la tercera en la embocadura del rio; — engañado 
por los indios con demostraciones de amistad 
cayó con varios compañeros en una emboscada, 
en la orilla de un arroyo, que en memoria de 
aquella horrible masacre, lleva aún hoy el nom- 
bre de Arroyo de Solis. La orda de indios an- 
tropófagos, valerosos hijos de la primitiva tribu 
de los charrúas, dominaba el país, lo mismo que 
al estremo del Continente los Uñones y los Sioux. 
Fracasadas las tentativas de los españoles para 
someterlos, íué necesario fundar á Montevideo 
y después de rechazar continuados ataques de 
día y de noche, gracias á aquella resistencia Mon- 
tevideo que tiene apenas cien años de vida es 
una de las mas modernas ciudades del Continen- 
te Americano. 

Por último, en el ocaso del pasado siglo, apa- 
reció un hombre que á aquella tribu, constituida 
señora de la costa, llevó una guerra de sangre y 
esterminio. — En los últimos combates unidos 
las mujeres y sus hijos, en medio á los comba- 
tientes, como los antiguos Teutones, cayeron 
todos sin retroceder un paso. Testimonio de 
esta suprema derrota el viajero que sigue la traza 
de la civilización desde que el sol sigue su camino 



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de Oriente k Occidente, y vé aún hoy al pié del 
Acegúa blanquear los restos de los últimos 
charrúas. 

El nuevo Mario vencedor de aquellos Teutones 
noveles, era el comandante de campaña, Jorge 
Pacheco, padre del general Pacheco y Obes en 
misi ón de Montevideo, acerca del Gobierno 
Francés. 

Pero el Comandante de Campaña, estaba des- 
tinado á combatir otros gallardos enemigos, mé- 
nos fáciles que los indios, como aquellos que 
tenían no una ié religiosa que disminuía de día 
en día, sino un material interés que crecía por 
mil motivos; — estos eran los contrabandistas del 
Brasil, que de los salvajes destruidos recibían 
una herencia de venganza. 

Entonces imperando el sistema prohibitivo, 
base del gobierno español, una guerra ostinada 
entre el Comandante de Campaña y los contra- 
bandistas; pues unas veces por engaños otras 
por fuerza, tentaron introducir en el territorio de 
Montevideo, géneros y tabacos, — era de consi- 
guiente necesidad. — La lucha pues fué larga, 
desesperada, mortal. — Mientras don Jorge Pa- 
checo, hombre de fuerza hercúlea, de figura gi- 
gantesca y singular perspicacia, tenía la creencia 
de que se encontraban, sino destruidos (imposi- 
ble) á lo ménos alejados de la ciudad,— aquellos 



Ó UNA NUEVA TROYA 


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aparecieron nuevamente mas vigorosos, mas 
diestros, mas compactos, bajo la dirección de 
una voluntad única, potente, valerosa. 

¿Cuál era la causa de aquella obstinación dél 
enemigo f — Los espías mandados con tal objeto 
por Pacheco, regresaron, con un solo nombre : 
Artigas ! 

Era este un jóven de veinte á veinte y cinco 
años, de corazón, como un viejo español, diestro 
como un charrúa, despierto como un gaucho; — 
él tenía de las tres razas, sino la sangre, el es- 
píritu. 

La lucha fué entonces singularísima; por una 
parte la destreza de los contrabandistas, llena de 
juventud y vigor; — por otra la energía del viejo 
Pacheco, que tal vez disminuía sinó en fuerza, 
en voluntad. 

Duró la guerra cuatro ó cinco años, en los que 
Artigas, siempre batido, no vencido, parecía 
adquiriese nuevo vigor regresando al ataque. 

Finalmente el hombre de la ciudad, cedió, y á 
semejanza de un antiguo romano, que del orgullo 
hacía sacrificio en el altar de la patria, entregaba 
sus poderes al gobierno español, proponiendo en 
su lugar á Artigas, jefe de la campaña, como el 
único que pudiese contener el contrabando. 

La España aceptó; y como un bandido romano 
hecha la sumisión al Papa, pasea admirándo la 



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dudad, de que poco antes era el terror. Artigas 
entró triunfalmente en Montevideo, á seguir la 
otra de esterminio que dejaba su predecesor.— 
Esto sucedía en 1782 al 83. — Artigas después de 
la edad de 27 ó 28 años, vivió todavía hasta tener 
próximamente 93, en una pequeña quinta del 
Presidente del Paraguay. 

Este hombre bello, valeroso y fuertísimo, de- 
muestra la época de una de las tres potencias 
que dominaron en Montevideo. 

Don Jorge Pacheco era el tipo de aquel valor 
caballeresco del viejo mundo, que atravesó los 
mares, con Colón, Pizarro, Vasco de Gama, etc. 

Artigas el hombre de la campaña, representa- 
ba el partido nacional, que tiene parte del portu- 
gués y parte del español; — aquellos, esto es, los 
extranjeros á la tierra americana, y que eran 
portugueses ó españoles, pues apesar de su esta- 
día en la ciudad conservaban las costumbres de 
sus respectivas naciones. — Eli tercer tipo, la ter- 
cera potencia de la ciudad la constituía el gaucho. 

En Francia se dice falsamente, gaucho, al 
hombre que vive en aquellas vastas llanuras, en 
aquellas inmensas estensiones, comprendidos 
entre la orilla del mar y la parte oriental de los 
Andes. — Fué el capitán inglés Head, el primero 
que introdujo el error de confundir al gaucho, 
con el habitante de la campaña, que no admite. 



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no solamente la semejanza, sino que ni la compa- 
ración. 

Al gaucho puede llamársele el boemio del nue- 
vo mundo, porque privo de bienes, de casa, de 
familia, no tiene mas propiedad, que el poncho, 
el caballo, el cuchillo, el lazo y las boleadoras. — 
El cuchillo, es su arma, el lazo y las boleadoras, 
su industria. 

Artigas fué saludado con alegría por todos, 
pues una vez en su puesto de comandante de 
campaña desaparecieron los contrabandistas. 
Desempeñaba tal cargo al estallar la revolu- 
ción de 1810, revolución que trajo la caida del 
dominio español en el Nuevo Mundo. 

El levantamiento empezado en 1810 en Buenos 
Aires, no cesó, sino en Bolívar, en la batalla de 
Ayacucho en 1824. Las fuerzas insurrectas man- 
dadas por el general Antonio José de Sucre, 
ascendían á 5,000 hombres. — Dirigía las tropas 
españolas en número de 11,000, el general José 
de Laserna, último virrey del Perú. Como se vé 
no se combatía con armas iguales; los patriotas 
escasos de municiones de fuego y de boca, te- 
nían un solo cañón, contemporizaban y parecían 
rendirse, pero una vez atacados, vencieron. Pri- 
mero entró en pelea el general patriota Alejos 
Córdoba, ¡adelante! gritó á sus mil quinientos 
soldados, alzando su sombrero, en la punta de la 



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espada. Preguntado, si al paso ordinario, ó al 
paso de carga, debía atacarse al enemigo, al paso 
de la victoria respondió. Al concluir el día el 
ejército español, era prisionero de aquellos, que 
tenía á su discreción por la mañana. 

La simpatía de Artigas por la revolución, lo 
hablan puesto á la cabeza del movimiento en la 
campaña. Iba entonces á resignar en Pacheco su 
cargo, como este lo había hecho primero con él, 
cuando una sorpresa hecha al viejo general en su 
alojamiento de Casa Blanca , en el Uruguay, 
por un grupo de soldados españoles, lo hizo de- 
sistir. Conservó su puerto, y derrotándolos en 
poco tiempo en toda la campaña, de la que se 
habla constituido señor, los redujo únicamente 
á la ciudad de Montevideo, que por ser después 
de San Juan de Ulloa, la ciudad mas fortificada 
de América, podía oponer, alguna resistencia á 
las impetuosas fuerzas enemigas. Así es que 
protegidos por un cuerpo de 4,000 hombres, se 
congregaron en la ciudad todos los partidarios 
de España. A esta plaza puso sitio Artigas, 
sostenido por sus aliados de Buenos Aires. Pero, 
una armada portuguesa vino en ayuda de los 
españoles, é hizo levantar el asedio de Montevi- 
deo. En el 1812 el general Rondeau por Buenos 
Aires y Artigas por Montevideo, uniendo sus res- 
pectivas fuerzas, volvieron á la empresa, y des- 



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pues de uü nuevo sitio que duró 23 meses, la 
capital de la futura República , Oriental, vino por 
capitulación á poder de los sitiadores á las ór- 
denes del general en Gefe Alvear. 

Porque Artigas no tuviese ya el mando supre- 
mo, es fácil de comprenderse. Después de veinte 
meses de sitio y tres años transcurridos en medio 
á los hombres de Buenos Aires y de Montevideo, 
la disparidad de usos y costumbres, dire casi de 
sangre, lo que al principio habían sido simples 
causas de discusión, gradualmente, habían to- 
mado el aspecto de un ódio inveterado. Fué en- 
tonces que Artigas se retiró como Aquiles en su 
propia tienda, ó mejor dicho, llevándosela con él, 
buscó un asilo en aquellas inmensas llanuras, 
bien conocidas por el jóven contrabandista. 

Por tal motivo Alvear, cuando la capitulación 
de Montevideo, era general en jefe de los porte- 
ños. De tal manera son denominados en el país 
los hombres de Buenos Aires, mientras que al 
opuesto llámanse orientales, á los de Montevi- 
deo. Esto es lo que los distingue. El hombre de 
Buenos Aires hacen ya mas de 300 años que ha- 
bita aquel pafe^jolvidó después de un siglo, las 
tradiciones de la madre patria, la España; y 
teniendo sus intereses radicados en la tierra que 
habita y en la que trabaja, él es hoy mas ameri- 
cano, que lo que lo eran los mismos indios des- 



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traídos por él. Por el contrario el hombre de 
Montevideo, que ocupa solamente desde hace 
un siglo el país, no ha podido olvidarse que él es 
español; al sendmiento de la nueva nacionalidad, 
únela tradición de la vieja Europa, lo que influye 
k que sus tendencias sean de civilización; mien- 
tras que el hombre de la campaña de Buenos 
Aires, vuelve gradualmente á la barbarie. Origen 
de estas variadas tendencias es tal vez el mismo 
país. 

La población de Buenos Aires diseminada en 
campiñas inmensas, teniendo por alojamiento, 
mal construidas cabañas, léjos unas de otras, 
en un país tristísimo, escaso de agua y de made- 
ras, contrae por la soledad en que vive por las 
distancias y por las privaciones un carácter tris- 
te, insociable, casi bárbaro. Tiene instrutos co- 
mo el de los indios salvajes, que habitan las 
fronteras del país, de quienes reciben plumas de 
avestruz, mantas para los caballos y maderas 
para lanzas, objetos todos de un país, en donde 
la civilización europea no ha penetrado, y por 
tos que dan en cambio, aguardiente y tabaco, 
que los indios después llevan á aquellas inmen- 
sas llanuras de las Pampas, de donde han to- 
mado el nombre, ó á la que tal vez han dado el 
de suyo. 

La población de Montevideo, ocupa en cambio 



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un bellísimo país, cruzado por arroyos, interca- 
lados por valles. Si no tiene las inmensas flores- 
tas de la América del Norte, puede sin embargo 
en sus amenísimos valles, reposar á la sombra 
del quebracho de la corteza de fierro, del Ubaje 
de los frutos del oro, del Sauce de las ricas 
ramas. Las casas, las quintas, las chacras, 
á poca distancia unas de otras, proporcionan á 
los habitantes, cómodos alojamientos y sanísi- 
mos alimentos; por lo tanto su carácter franco y 
hospitalario, es reflejo de la civilización europea 
que el mar le lleva en alas del viento. Tipo ideal 
de la perfección para el gaucho de Buenos Aires, 
es el indio á caballo; para aquellos de la campana 
de Montevideo, es el hombre de Europa. El pri- 
mero se reputa el mas elegante de América; fácil 
á la ira y á la calma vence en fantasía á su rival; 
y en efecto Varela y Lafinur, Domínguez y Már- 
mol poetas porteños nacieron en Buenos Aires. 

El segundo en cambio es mas calmo y mas 
firme en sus proyectos, en sus resoluciones; si 
el gaucho cree superarlo en elegancia, él se con- 
sidera primero en coraje. Entre sus astros poé- 
ticos brillan los nombres de Hidalgo., de Berro, 
de Figueroa, de Juan Cárlos Gómez. 

No es maravilla, si también las mujeres de 
Buenos Aires pretenden, ser las mas bellas entre 
todas las de la América Meridional, desde el 



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estrecho de Lemaire al rio de las Amazonas. Son 
las primeras entre éstas las señoras Agustina 
Rosas, Pepa Lavalle y Martina Linche. Pero si 
la mujer de Montevideo, no es tan encantadora, 
la pureza de sus formas, sus manos, sus peque- 
ñísimos piés, las dirían hijas de Sevilla ó Grana- 
da; tiene en suma, aquel no sé qué de agradable, 
que vence á la perfección. Montevideo encierra 
con orgullo á María Stewart, Nazareas Rücker y 
Clementina Batlle, tipos de sangre escozesa, ale- 
mana y catalana, respectivamente. Había pues 
en los dos países, rivalidad de coraje y de ele- 
gancia, entre los hombres; de belleza y de gracia 
entre las damas; rivalidad de ingenio en los poe- 
tas, verdaderos ermanfróditas sociales, porque 
irritables, como hombres caprichosos al par que 
las mujeres y apesar de estos ingenios algunas 
veces como niños. 

Por todos estos antecedentes, entre Artigas y 
Alvear, entre los hombres de Montevideo y Bue- 
nos Aires, era consiguiente, no solo una separa- 
ción, no solo un odio, sino también una guerra; 
y para hacerla el antiguo jefe de los contraban- 
distas, supo atraerse todos los elementos opues- 
tos, preocupándose poco de los medios, con el 
único fin de arrojar del país á los porteños. 

Poniéndose entonces al frente de los bohemios 
de América (los gauchos) y con todos los recur- 



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sos, con que contaba el país, declaró la guerra, 
que llamó santa, — y á la que no pudieron opo- 
nerse, ni el ejército de Buenos Aires, ni el partido 
español, aunque bien velan que el regreso de 
Artigas á Montevideo, equivalía á la sustitución 
de la fuerza bruta, por la inteligencia. — Hombres 
poco antes errantes, bárbaros, desordenados, y 
entónces reunidos en un cuerpo de ejército, bajo 
las órdenes del general Artigas, proclamado dic- 
tador, señalaron una época, que recuerdo los 
derramamientos de sangre del 93.— En Monte- 
video sucedió entónces, el imperio de los hom- 
bres de piés desnudos, de los anchos calzonci- 
llos, del chiripá escocés, del pesado poncho, y 
del sombrero caido sobre la oreja y sujeto por 
el barbijo. 

Escenas inauditas, singulares, á veces terri- 
bles, entristecieron ala ciudad, imponiendo á las 
primeras clases de la sociedad la mas absoluta 
impotencia. Artigas fué entónces sin tanta fero- 
cidad, y con mas coraje, lo que es Rosas actual- 
mente. 

Sü dictadura, aún cuando fuese una calamidad, 
fué sin embargo, brillante y nacional, — pues lo 
demuestra las varias victorias obtenidas sobre 
los de Buenos Áires, que él venció en todos los 
encuentros, y la resistencia obstinada que apuró 
á los portugueses en 1815, cuando invadieron, el 



22 MONTEVIDEO 

país, con el pretesto de la desordenada conducta 
de Artigas, y con el pretendido objeto, de salvar 
los pueblos vecinos del peligro del contagio. 

Las clases inteligentes, deseosas de poner un 
término, á la anarquía, — hacía votos, porque 
sustituyese la dominación portuguesa, á un poder 
que se dejaba llevar hacia la licencia y á la brutal 
tiranía de la fuerza material.— Contra este doble 
enemigo, Artigas defendió el terreno, por el es- 
pacio aún de cuatro años. — Vencido al fin, des- 
pués de cuatro batallas en campo abierto, ó mejor 
dicho siendo batido separadamente, se retiró á 
Entre Ríos, ala parte opuesta del Uruguay, don- 
de aunque fugitivo, conservaba la influencia de su 
nombre, cuando Ramírez su lugar teniente, con 
una parte de sus parciales, se le impuso, y le 
quitó toda esperanza de recobrar su imperio, 
obligándolo á salir del país, en el que como nue- 
vo Anteo, parecía adquirir nuevo vigor, en las 
inmediaciones de su tierra. — Entonces Artigas 
desapareció, á semejanza de la turbonada que 
despuso de haber sembrado la ruina y la deso- 
lación á su paso, se calma y evapora, — y se re- 
tiró al Paraguay, donde hacen dos años, lo vió 
un amigo nuestro á la edad de 93 á 94 años, en 
el pleno ejercicio de casi todas sus fuerzas y de 
sus facultades intelectuales. 

Después de su caida la dominación portuguesa 



Ó UNA NUEVA TROYA 23 

V 

echó firmes raíces, hasta el 1825, época en que 
Montevideo y todas las posesiones portuguesas 
en América pasaron á ser propiedad del Brasil. 
Ocupada entónces Montevideo por una fuerza de 
8,000 hombres, parecía fuese ya, definitivamente 
propiedad del Emperador,— cuando un Oriental 
(así llamamos nosotros á los hombres de Mon- 
tevideo) que emigrado residía en Buenos Aires, — 
en unión de 32 compañeros, como él, proscritos, 
juraba libertar la patria ó morir; y haciéndose á 
la mar en dos pequeñísimas lanchas, este grupo 
de audaces, pisaba tierra, en el Arenal Grande. 
El jefe don Juan Antonio Lavalleja, ya de acuer- 
do, con secretas inteligencias con un propietario 
del país, solicitaba caballos, según lo convenido, 
pero aquel, en vez de cumplir la palabra empeña- 
da, contestaba: «está todo descubierto, los ca-' 
ballos tomados, único camino de salvación para 
Lavalleja y compañeros, hacerse nuevamente á 
la mar y regresar á Buenos Aires.» Pero ellos 
firmes en sus nobles propósitos y no queriendo 
retroceder, tomaron posesión en nombre de la 
libertad, del territorio de la patria, el 19 de Abril. 
Al siguiente día, la pequeña hueste, solicitó de 
varios propietarios, caballos, y una vez obteni- 
dos, marcharon hácia la capital, teniendo á poco 
andar un encuentro con 200 hombres, 40 de loa 
cuáles eran brasileros y los restantes orientales. 



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MONTEVIDEO 


Lavalleja intentando evitar el choque, se ade- 
lantó y solicitó una entrevista del comandante 
Julián Laguna, su antiguo hermano de armas. 

j Qué quieres y á qué vienes? le preguntó éste. 

A libertar á Montevideo del extranjero, res- 
pondió Lavalleja; =- si obtas por mi propósito, 
agrégate, y sinó ríndete ó prepárate á la lucha. 

Rendir las armas, nunca he sabido, ni espero 
que nadie me lo enseñe. 

Entónces ataca con los tuyos, y veremos cual 
es la causa de Dios. 

Así lo haré, respondió Laguna, y poniendo 
al galope su caballo, se unió á los suyos. 

Pero desplegando Lavalleja el distintivo nacio- 
nal, los ciento sesenta orientales, se le adhirieron, 
haciendo á los brasileros prisioneros. 

Desde ese momento la marcha hacia Montevi- 
deo, filé un no interrumpido triunfo y la Repúbli- 
ca Oriental, proclamada unánimemente por todos 
un pueblo entusiasmado, tuvo nombre entre to- 
das las demás naciones. 

Mientras tanto, elevávase ya la fama, del que 
mas tarde debía ser el terror de la Confederación 
Argentina. Poco tiempo después de la revolución 
de 1810, un jóven de aspecto tétrico de los 15 á 
los 16 años, dejaba la ciudad de Buenos Aires y 
se internaba en la campaña, aquel jóven era Juan 
Manuel Rosas, y porqué, todavía niño huía del 



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techo paterno, es triste decirlo; aquel que debía 
un día esgrimir las armas, contra la patria, ha- 
bía dejado caer sus manos sobre la autora de 
sus días, y por esto la maldición paterna, lo arro- 
jaba de la casa que lo había visto niño. 

•Tal acontecimiento, no tuvo éco, en medio del 
desenvolvimiento de mas vitales intereses. 

Entónces, m ientras la juventud corría á las 
armas á alistarse bajo las banderas de los que 
combatían por la independencia, él perdido en 
las inmensas floretas, entregábase á la vida del 
gaucho, adoptando sus vestidos y sus costum- 
bres, resultando en suma uno de los mas diestros 
domadores de caballos y mas práctico en el ma- 
nejo del lazo y de las boleadoras, tanto, que al 
verlo se le hubiese tomado por un hombre de la 
campaña, por un verdadero gaucho de origen. 

Rosas se acomodó primero, en calidad, de 
peón en una estancia, íué después capataz, y 
mas tarde mayordomo, administrando en este 
último puesto las propiedades rurales de la pu- 
diente familia de Anchorena, siendo este el prin- 
cipio de sus grandes riquezas. Teniendo nosotros 
el propósito de demostrar el carácter de Rosas, 
en todas sus partes, véamos cuales eran las 
disposiciones de su espíritu, al aproximarse el 
desarrollo de tantos acontecimientos. 

Se encontraba él en Buenos Aires, cuando los 



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prodigios de la revolución contra la España; en 
aquel tiempo el hombre de corazón, se hacía 
célebre en los campos de batalla, el hombre de 
génio, buscaba la gloria en la administración de 
la cosa pública. Avido de fama, vela Ro^as, 
cerrados todos los caminos, para llegar á ella, 
como aquellos que no tienen valor en las batallas , 
ni la ciencia del gobierno. Los gloriosos nom- 
bres de Rivadavia, de Pasos, de Agüero, como 
ministros; de San Martin, de Balcarce, de Ro- 
dríguez, de Las Heras, como guerreros; lo in- 
dignaban en el horror de su soledad, y alimentaba 
en su corazón un inm enso odio para aquella 
ciudad, que para todos teñía un triunfo, pero no 
para él. 

Desde esta época, Rosas soñaba y trataba de 
preparar el porvenir. Errante en las Pampas, 
confundido entre los gauchos, compartía la mi- 
seria del pobre, ora alimentando las antipatías 
del hombre de la campaña, contra el hombre de 
la ciudad, ora contando con el número, los indu- 
cía á lanzarse sobre la capital, en la primera 
oportunidad, ya que ella por tanto tiempo, los 
había dominado obtenido así el imperio sobre los 
habitantes de las llanuras, dejó Rosas, la soledad 
de su compañía. 

Insubordinadas en 1820, las tropas de Buenos 
Aires, contra el gobernador Rodríguez, un regi- 



Ó UNA NUEVA TROYA 


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miento de milicias de la campaña «Colorado» 
de las Conchas», entró en la ciudad el 5 de Oc- 
tubre, á las órdenes de un coronel, Rosas, 
quien teniendo al siguiente día un conflicto con 
los de la ciudad, desapareció; un violento dolor 
de muelas, que cesó con la lucha, lo alejaba, 
contra su voluntad de la pelea. La entrada de 
Rosas á Buenos Aires, puede decirse, su única 
empresa guerrera. 

Vencidos los rebeldes de la ciudad, Rivadavia, 
nombrado Ministro del Interior, tomaba las 
riendas del poder. Este hombre hijo de la revo- 
lución, con una erudición extraordinaria, fruto 
de sus largos viajes por Europa, alimentaba en 
su alma un artiente y puro patriotismo. Intentan- 
do llevar á América, los frutos de la civilización 
europea, le fallaron los medios de aplicación, 
que el pueblo reació y aún niño, se resistía á 
adoptar; quiso ser en suma en América, lo que 
Pedro I en Rusia, pero privado de iguales ele- 
mentos, desistió, si bien pudo seguir disimu- 
lando; pero en cambio hirió á los hombres en 
sus hábitos, pues estos casi siempre constituyen 
el espíritu de nacionalidad. Despreció las cos- 
tumbres americanas, protestó del uso de la cha- 
queta y del chiripá del hombre de campaña, 
haciendo comprender al mismo tiempo, sus sim- 
patías por las costumbres europeas, influyendo 



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esto, á que poco á poco, perdiese su popularidad 
y el poder. 

Apesar de todo esto, muchas fueron las ins- 
tituciones, con que dotó al país; su gobierno fué 
de los mas prósperos de Buenos Aires. Fundó la 
Universidad y varios liceos. Llamó á sabios y 
artistas de Europa, tomando entonces verdadero 
incremento, las artes y las ciencias; por él en fin 
Buenos Aires fué llamado en la tierra de Colón, 
la Aténas de la América del Sud. 

Declarada la guerra del Brasil en 1826, Buenos 
Aires socorría á la nación, con toda clase de 
sacrificios. Desquiciadas las finanzas, desorde- 
nada la administración, debilitado el gobierno, 
nacieron las dificultades. Crecían en tanto con 
tan varios y encontrados intereses, distintas 
opiniones entre los habitantes de la campaña y 
de la ciudad. Levantada en armas Buenos Aires, 
Ja campaña en masa asaltóla, siendo Rosas su 
jefe y centro del poder. Electo él en 1830 gober- 
nador, apesar de la oposición de la ciudad, in- 
tentó reconciliarse, repudiando las salvajes cos- 
tumbres de los gauchos, como la serpiente de su 
piel; pero Buenos Aires resistió, porque la civi- 
lización se niega á perdonar á un traidor, que ha 
vivido entre la barbarie. Se resignó sin embargo, 
á que él se mostrase en traje militar, pero se 
preguntaban, en qué campo de batalla había 



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ganado sus grados, si hablaba públicamente, no 
se esplicaban, donde había aprendido semejante 
estilo, si asistía á una tertulia, las mujeres seña- 
lándole con el dedo, lo llamaban el «gaucho en- 
mascarado», y hasta llegaron á ridiculizarlo en 
hirientes epigramas, en lo que les porteños gozan 
alta fama. Esta lucha mortal de su orgullo, duró 
los tres años de su gobierno y cuando cesó lo 
hizo, con el ódio en el alma, y la hiel en el cora- 
zón, convencido de que entre él y la ciudad 
había un abismo. Entregóse, nuevamente á sus 
fieles gauchos, y á sus estancias, de las cuales 
era el señor, pero con el firme propósito de 
regresar, cuando fuese dictador á Buenos Aires, 
como Scila á Roma, con la espada en una mano 
y la luz en la otra. Con tal objeto solicitó del go- 
bierno el mando de una fuerza, para atacar con 
ella á los indios. El gobierno que lo temía y 
deseando alejarlo, accedió á su pedido, dándole 
el mando de todas las tropas de que disponía, 
sin pensar que propendría á su ruina, aumen- 
tando las fuerzas de Rosas. Este una vez jefe 
del ejército, promovió una revolución en Buenos 
Aires, quien impotente y vencida, lo llamó al 
poder, del que se hizo cargo, como dictador 
absoluto, esto es: con toda la suma del poder 
público. 

Fué su primera víctima el gobernador general 



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Juan Ramón Balcarce, hombre distinguido de la 
guerra de la Independencia, y distinguido tam- 
bién entre los jefes del partido federal, del que 
Rosas se decía el sostén. Noble de corazón y 
de una fé ardientlsima en los destinos de la pa- 
tria, creía puras las intenciones de Rosas, por lo 
que lo acompañaba, con sus simpatías; pero 
apesar de esto, murió proscrito y cuando su ca- 
dáver, volvió á la patria, la familia no pudo, por 
prohibición de Rosas, rendirle, no solamente las 
honras públicas de un gobernador, sino que ni 
siquiera, las estreñías manifestaciones debidas al 
ciudadano. 

El verdadero poder de Rosas, tuvo principio 
en 1833. Los instintos crueles, que le proporcio- 
naron mas tarde, una celebridad de sangre, no 
mostráronse completamente en los primeros 
tiempos de su gobierno, si se prescinde del fusi- 
lamiento del mayor Montero y de los prisioneros 
de San Nicolás. 

No es posible sin embargo, pasar por alto, 
algunas muertes misteriosas é inesperadas, que 
la historia registra en letras de sangre, en el 
libro de las naciones. Efectivamente desapare- 
cieron, entre otros, dos jefes de campaña, de 
quienes Rosas temía, y en aquellos días, morían 
también Arbolito y Molina, tal vez de igual modo 
que morían los dos Cónsules que acompañaban 
á Octavio en la batalla de Azio. 



Ó UNA NUEVA TROYA 


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Ahora nos es necesario hacer mas íntimo co- 
nocimiento con Rosas, ya dictador, pues hasta 
aquí apénas ha tocado los dinteles del poder, 
de que no se desprenderá jamás. 

En el 1833 Rosas tiene treinta y cinco años, 
es de aspecto europeo, de crespos cabellos, cútis 
blanco, ojos azules, y usa únicamente patilla, 
afeitada á la altura de la boca; dulce mirada, 
que no es posible juzgar, pues la fija general- 
mente en tierra, aún hablando con amigos, que 
considera siempre enemigos; dulce la voz, é 
insinuante la palabra; de ánimo altanero y fe- 
rozmente astuto, inclinado preferentemente, á la 
burla, ántes de tener que pensar en cosas mas 
sérias. 

Como se verá por los dos ejemplos siguientes, 
sus bromas eran brutales, como su carácter, 
que unía la astucia á la ferocidad. 

Una tarde habiendo invitado á un amigo á co- 
mer, escondió todo él vino, destinado para la 
comida, dejando únicamente sobre la mesa, 
una botella de aquel Leroy, á cuya fama no le 
falta, sino haber nacido en tiempo de Moliére; 
el amigo habiendo probado el licor y encontrán- 
dolo bastante bueno, concluyó la botella mientras 
comía, en tanto que Rosas no tomó sino agua; 
horas después el amigo se encontraba sériamen- 
te indispuesto, de lo que Rosas se rió mucho, y 



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«i aqüel se hubiera muerto, habría Rosas reido 
muchísimo mas. 

Era su pasatiempo, cuando lo visitaba en la 
campaña algún pueblero, obligarlo á montar un 
caballo de los mas potros, y su alegría era mayor, 
cuanto mayor era el golpe recibido por el caba- 
llero. 

En el gobierno despnes, entre los mas difíciles 
asuntos, eran sus consejeros los charlatanes y 
bufones. 

Durante el asedio de Buenos Aires en 1829, 
tenía cuatro de estos infelices, á quien llamaba 
monjes, y de los que por su privada autoridad, 
se decía prior, y á quienes designaba por los 
nombres de fray Biguá fray Chajá, fray Lechu- 
za y fray Biscacha. Gustaba Rosas inmensamente 
de los dulces de los que tenía en cantidad en 
su tienda, y á los que eran también muy afectos, 
sus falsos frailes, por lo que con tinuam ente se 
notaban desapariciones; Rosas entónces llamaba 
en confesión á sus hermanos de órden, quienes 
sabiendo el premio, que á la mentira esperaba, 
confesaban la sustracción, por ib que era el reo 
despojado de sus ropas, y castigado con vari 
varazos, propinados por sus compañeros. 

A Rosas, un día de fiesta se le ocurrió ’ 
con su mulato Eusebio, (que en Buenos 
todos conocen), lo que madama Dubarry, 



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en Lucienne, con su negro Zamore, y Eusebio, 
en lugar de su señor y con las ropas de gober- 
nador, recibía los homenajes de las autoridades. 
Fué víctima otra vez el mismo Eusebio de una 
broma terrible, como solo á Rosas se le podía 
ocurrir; llamándolo, lo acusó de ser jeíe de una 
conspiración, con el objeto de asesinarlo, y ape- 
sar de las protestas del mulato fué arrestado y 
enjuiciado; los jueces á quienes bastaba la acu- 
sación de Rosas, sin tomarse el trabajo de es- 
tablecer la verdadera culpabilidad, condenaron 
á Eusebio á la última pena; preparándose éste, 
se confesó y fué conducido al lugar del suplicio, 
medio muerto de terror, y donde ya lo esperaba, 
el verdugo y sus satélites. En aquellos momen- 
tos y como por encanto, aparece Rosas y dice 
al desgraciado, que lo indultaba, porque su hija 
Manuelita, locamente enamorada, lo deseaba 
por esposo. 

Manuelita actualmente tiene de 28 á 30 años, 
y si no puede llamarse una beldad, puede de- 
cirse, sin embargo, que es una interesante per- 
sona, de figura distinguida y de tacto profundo. 

Como hija de Rosas ha sido calumniada, su- 
poniéndola heredera de los feroces instintos del 
padre, olvidada del amor filial, como aquellas 
hijas de los emperadores romanos, por un cariño 
mas tierno, y menos cristiano; nada mas falso; 

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Manuelita ha permanecido soltera por varias 
razones : Rosas muchas veces siente la necesi- 
dad de ser amado, y sabe, que lo único sincero 
con que puede contar, es con el cariño de su hija; 
por otra parte, ningún miembro pudiente de la 
sociedad de Buenos Aires pretendió ingresar en 
la familia del dictador; en fin es digno de notarse 
también, que Rosas, en sus sueños de predomi- 
nio, vé el porvenir de Manuelita, lleno de pre- 
tendientes á su mano, mas aristocráticos, que lo 
que es posible pretender en estos momentos. 
Manuelita no es cruel, pues al contrario, según 
opinión de muchos, es un freno al carácter 
irrascible del padre. Niña aún, satisfacía sus 
deseos, por medio estrañísimo. Despojando casi 
de todas sus ropas al mulato Eusebio, ordenaba, 
le pusieran la montura y las riendas, como á un 
caballo, y ajustando después á sus pequeñísimos 
piés, las espuelas del gaucho, lo montaba, y esta 
amazona estraña, sobre aquel bucéfalo humano, 
se presentaba á Rosas, quien siendo de la ocur- 
rencia de la joven, le acordaba la gracia solicita- 
da. En la actualMfed, que tal medio no produce 
el antiguo efecto, mima y abraza á su padre, 
de quien ha estudiado el corazón, conociendo 
por esto, sus mas recónditos sentimientos, con- 
siguiendo así que acceda á sus pedidos; por 
lo que nosotros osaremos aquí casi aseverar. 



Ó UNA NUEVA TROYA 


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que si es cierta la intimidad criminal que les 
suponen, es no solo escusable á los ojos de Dios, 
sino que también, podremos considerarla, hasta 
cierto punto, como una virtud. 

Manuelita.es la reina y al mismo tiempo la 
esclava del hogar doméstico; ella gobierna la 
casa, rodea á su padre de solícitos cuidados, 
y es la encargada de todas las relaciones diplo- 
máticas, por lo que puede decirse el verdadero 
Ministro de Relaciones Exteriores; y en efecto 
por su tertulia, debe el Agente extranjero hacer 
su diplomática entrada acerca de Rosas. En 
sociedad Manuela, se muestra entusiasta del 
padre, y sin hacerse sospechosa, se ajusta á las 
instrucciones del dictador; con las gracias de 
la juventud, con la poca importancia política, 
que suele darse, á lo que dice una boca sonrien- 
te, y con sus lindos ojos, seduce al extranjero 
de tal manera, de lo que difícilmente puede él 
apercibirse. 

En fin al par que Rosas es un ser excepcional, 
alejado de la sociedad, Manuelita es una extraña 
criatura, que impenetrable para todos, pasa su 
vida, solitaria léjos del amor de los hombres, 
y de las simpatías de las mujeres. ¡ Infeliz ! solo 
ella sabe lo que sufre, y cuantas lágrimas derra- 
ma, cuando postrada ante Dios, le dá cuenta 
entera de todas sus desventuras. 



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Rosas tiene además un hijo de nombre Jnan, 
y que no tiene ninguna influencia en el sistema 
político del padre. Es un joven de vulgar aspec- 
to. menor uno ó dos años que Manuelita, prima- 
do de nombre, puede decirse que no tendrá otro 
que aquel que se obtiene por amores triviales y 
corrompidas costumbres. 



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CAPITULO II 


Llegado al máximun del poder, Rosas resuelve 
la destrucción de la Federación. López autor 
de ésta, enfermo, viene por invitación del dicta- 
dor á Buenos Aires, donde muere envenenado. 
Quiroga jefe de la Federación, ileso milagrosa- 
mente en veinte sangrientos combates, y cuyo 
coraje y suerte, son proverbiales, muere asesi- 
nado. Cullen, sostén de la Federación, Goberna- 
dor de Santa Fé, por una revolución suscitada 
por Rosas, cae en las manos del Gobernador de 
Santiago y muere fusilado. Cuanto había de mas 
notable en el partido federal, corre la misma 
suerte, en mayor cantidad aún, que en Italia, 
cuando el dominio de los Borjias; y poco á poco 



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Rosas adoptando las mismas prácticas que Ale- 
jandro Yí y su hijo César, concluye por dominar 
la República Argentina, la cual, si bien reducida 
á la mas perfecta unidad, continúa con el nombre 
engañoso de Federación. 

Ahora es necesario dar algunos detalles de los 
personajes que acabamos de nombrar, evocando 
un instante sus acusadores fantasmas, tanto 
mas, habiendo en todos estos hombres, una tal 
cual primitiva rusticidad, que merece tratarse 
especialmente. Y para comenzar por el general 
López, una sola anécdota, nos dará idea no tan 
solamente de él, sino también de los hombres, 
con que alternaba. Gobernaba en Santa Fé y 
tenía en Entre Ríos un enemigo personal, el 
coronel Obando, quien después de una revuelta, 
le fue traido prisionero, en momento de encon- 
trarse en la mesa; lo recibió muy finamente y lo 
invitó á acompañarlo, estableciéndose entre am- 
bos una cordialidad, como entre dos invitados, 
en los cuales, la igualdad de fortuna y gerarquía, 
ordénala mas perfecta gentileza; sino que á poco 
conversar López interrumpiéndose, — coronel, 
dijo, ¿si yo hubiere caído en vuestro poder, co- 
mo vos en el mío, y esto hubiese sucedido á la 
hora de comer, qué hubieseis hecho? — Yo os ha- 
bría invitado á sentaros á mi mesa.— Sí, ¿pero 
después de la comida ? — Os habría hecho fusilar. 



Ó UNA NUEVA TROYA 


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— Estoy satisfecho, de que tal idea, haya venido 
á vuestra imaginación, porque precisamente es 
la mía, vos sereis fusilado, en levantándonos de 
la mesa. — ¿ Debo levantarme ahora ó proseguir 
comiendo ? — ¡oh ! continuad coronel , no hay 
tanta urgencia. 

Prosiguieron pues, tomaron el café y los lico- 
res, y dijo Obando: creo que ha llegado el mo- 
mento. Os doy las gracias respondió López, por 
no haber esperado, á que yo os lo recordase, y 
llamando á un soldado, ¿la compañía está for- 
mada? preguntó. Sí, mi general, respondió aquel. 
Entonces dirigiéndose á Obando, adiós coronel, 
le dijo. Adiós respondió, no es larga la vida, en 
guerras como las nuestras, y saludando, des- 
apareció. Cinco minutos después, una descarga, 
á la puerta de López, le anunciaba que el coronel 
Obando, no existía ya. 

En cuanto á Quiroga, él era un hombre de la 
campaña, lo mismo que Rosas. Al principio 
sargento en el ejército español, se retiraba des- 
pués á la Rioja, su país natal. Hecho por internas 
discordias, señor del país, apénas ejerció la 
suma del poder, se entregó ampliamente á la 
lucha, entre las distintas fracciones de la Repú- 
blica, debido á lo cual, empezó, á resonar su 
nombre en la América entera. 

En el espacio de un año, llegó á ser la espada 



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mas importante del partido federal, nadie pudo 
á la par de él obtener mas felices sucesos con su 
solo valor personal, tanto que puede decirse, 
que realmente el prestigio de su nombre, suplie- 
re á un ejército. Cuando aglomerados en el calor 
de la pelea, los mayores peligros á su alrededor, 
oíase su potente grito de guerra, y cuando em- 
puñaba su arma predilecta, la larga lanza, ponía 
en fuga á sus mas valerosos enemigos. 

Quiroga, mas que cruel, era feroz, pero de 
una ferocidad, magnánima, generosa, dg una 
ferocidad, no de tigre, pero sí de león. 

Efectivamente el coronel Pringles, su declara- 
do enemigo, es hecho prisionero y mas tarde 
asesinado. El matador á las órdenes de Quiroga, 
con la esperanza de un premio, se apresura á 
narrarle á su jefe, el delito, y es fusilado. 

Otra vez, sus soldados, que conservaban me- 
moria délo acaecido, le presentaron dos oficiales 
enemigos, hechos prisioneros. Invitados á de- 
sertar sus propias banderas, uno rehusó y el 
otro aceptó. 

Bueno, dice á este último, Quiroga, á caballo 
vamos á ver fusilar á vuestro compañero; él obe- 
deció y por el camino embromaba con Quiroga, 
de quien ya se creía, ayudante de campo; mien- 
tras que en medio á los soldados, el pobre 
condenado, iba tranquilamente á la muerte. 



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Llegados al sitio elegido, Quiroga obligó al oficial 
que se negó á la traición, á ponerse de rodillas, 
y una vez obedecido, dice al oficial que ya se 
tenía por muerto: levantaos sois un valiente, 
tomad el caballo del señor y partid, — y con 
la mano señalaba el caballo del renegado. — ¿Y 
yo? preguntaba este. 

Tú ya no tienes profesión, porque estás pró- 
ximo á morir; y nada influyeron sus ruegos y 
lo del compañero, pues momentos después era 
cadáver. 

La gloria de batir á Quiroga estaba reservada 
al general Paz, al Fabio americano, hombre 
por virtud é integridad, justísimo. 

Dos veces destruyó las fuerzas á Quiroga, en 
la Tablada y Ocantivo, pero hecho prisionero 
porlacaida del caballo, á cien pasos de su gente, 
Quiroga oponiendo á la táctica y estrategia, de 
estas entónces nacientes Repúblicas, un indó- 
mito coraje y una voluntad de fierro, fué inven- 
cible. 

Concluida la guerra entre federales y unitarios, 
quiso Quiroga, visitar las provincias del interior; 
y al regreso atacado en Barraca Yaco por un 
grupo de treinta asesinos, una bala que atravesó 
el carruaje, donde se encontraba, lo hirió en el 
pecho; pero apesar de estar herido mortalmente, 
pálido y derramando abundante sangre, pudo 



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levantarse y abrir la portezuela. A la vista del 
héroe, en pié y casi cadáver, los asesinos huye- 
ron, pero Santos Perez, jefe de éstos, poniéndo- 
sele delante á Quiroga, que le abrazaba las ro- 
dillas, y le miraba á la cara, la último, mientras 
los demás asesinos, regresaban á cerciorarse 
del hecho. Fueron los hermanos Reynafé, que 
gobernaban en Córdoba, de acuerdo con Rosas, 
quienes ordenaron este asesinato, pero éste 
rehusó toda participación, después de consuma- 
do, y para aparecer como verdadero inocente, 
hizo arrestar, condenar y fusilar á sus cómplices, 
los hermanos Reynafé. 

Pasemos á Cullen. Español de origen, resi- 
dente en Santa Fé, donde ligado á López por una 
íntima amistad, fue su ministro y su consejero. 

La influencia que adquirió en la República 
Argentina de 1820 á 1833, época de su muerte, 
lo hizo hombre de alta importancia. 

Las espléndidas atenciones, que dispensó á 
Rosas, cuando proscripto, en los días de las des- 
gracias, se refugió en Santa Fé, no sirvieron 
para borrar de la mente del futuro dictador, que 
que Cullen pretendía traer nuevamente á la Re- 
pública Argentina, al imperio de la ley; supo sin 
embargo, protestando eterna amistad, ocultar 
sus crueles proyectos. Llamado Cullen después 
de la muerte de López, al gobierno de Santa Fé, 



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se entregó con todo empeño, á mejorar la Pro- 
vincia, y léjos de declararse enemigo del bloqueo 
francés, demostraba sus simpatías por la Fran- 
cia, como considerándola palanca de la civiliza- 
ción, que tanto anhelaba. 

Rosas entóneos con el apoyo y concurso de las 
tropas, le suscitó una revolución, en la que ven- 
cido Cullen, fué obligado á refugiarse cerca de 
Ibarra, su amigo y gobernador de la Provincia 
de Santiago del Estero. Declarado Cullen salvaje 
unitario, se iniciaron por parte de Rosas, para 
que le fuera entregado, negociaciones, pero por 
mucho tiempo, sin ningún resultado. Cullen por 
su parte permanecía tranquilo atenido al jura- 
mento de Ibarra, cuando inesperadamente sus 
soldados, lo prendieron, y se lo remitieron á Ro- 
sas, quien esperando la llegada, ordenaba fuere 
fusilado á mitad del camino, porque (escribía al 
nuevo gobernador de Santa Fé) «su mas acabado 
proceso, son sus numerosos delitos.» 

Cullen tenía gentiles maneras y corazón no- 
bles. La influencia que ejerció sobre López fue 
siempre inclinada al perdón, y es suya la gloria, 
si el general López, á pesar de los pedidos de 
Rosas, no condenó al último suplicio, á alguno 
de los prisioneros, hechos en la campaña de 
1831, que puso bajo sus manos á los jefes mas 
importantes del partido unitario. De frívola ins- 



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tracción, de mediocre talento, tenía sin embargo 
el aspecto de un hombre eminentemente civili- 
zado. 

Por tales medios desaparecidos, los héroes 
del partido federal. Rosas pobre de toda gloria 
militar, concluyó por ser el único hombre impor- 
tante de la República Argentina, y el absoluto 
señor de Buenos Aires, una vez en sus manos 
el poder, comenzaron las venganzas, contra las 
clases elevadas, que no tuvieron para él mas 
que desprecio. Gozaba mostrarse entre los hom- 
bres mas aristocráticos y elegantes, abandona- 
damente vestido, y de chaqueta. A los bailes 
presididos, por su mujer y su hija, y á los cuales 
no intervenían mas que carreteros, carniceros, 
y la mas vil gentuza, se le veía iniciar la fiesta 
bailando con una esclava, mientras que la hija 
lo hacía con un gaucho. Ni aquí se detuvo su 
odio contra la noble eiudad. 

Proclamado el principio: quien no está con- 
migo , está en contra mia , era seguro, que quien 
no le fuese simpático, era calificado de salvaje 
unitario , lo que bastaba á que desapareciese 
todo derecho á la libertad, á la propiedad, á la 
vida, á el honor. A secundar prácticamente es- 
tas teorías, tuvo vida bajo los auspicios de Ro- 
sas, la famosa sociedad de laMazhorca, (nombre 
que suena á Todavía -Horca), compuesta de 



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hombres de los mas abyectos, ladrones y ase- 
sinos. 

A ésta estaban afiliados, por disposición supe- 
rior, el jefe de policía, los jueces de paz, todos, 
en fin, los encargados del órden público, de tal 
manera, que cuando un ciudadano, amenazado 
en su casa, de saqueo ó muerte, por los miem- 
bros, de la sociedad, solicitaba el amparo de las 
autoridades, eran inútiles todos los reclamos, 
pues ninguna se preocupaba de impedir tales 
violencias; y aún cuando fuesen consumadas, 
en pleno día, ó en absoluta noche, era una fata- 
lidad, que había que soportar resignadamente. 
Prueba al caso: en aquellos días, era moda entre 
los elegantes de Buenos Aires, usar la barba 
cerrada, pero con el pretesto, de que tenía la apa- 
riencia de una U, y parecía decir unitario, la 
mazhorca, arrestando á aquellos infelices yprévia- 
mente munida de poco cortantes cuchillos, pro- 
cedía á desprenderles las barbas, las que caían 
adherida á pedazos de carné; abaldonando en 
seguida las víctimas, á la hez mas degradada del 
pueblo, que alegre espectadora, prolongaba el 
sanguinario espectáculo, hasta ultimarla. Usaban 
en aquella época, las mujeres del pueblo, atarse 
el cabello, una cinta punzó, en forma de moflo; 
un día la sociedad congregada en la puerta de la 
iglesia mayor, esperaba á las mujeres que se 



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presentaban sin aquel distintivo, y se lo aplicaban 
brutalmente, adhiriéndoselo, con alquitrán hir- 
viendo. El uso de un vestido, un pañuelo, una 
cinta, de color azul ó verde, considerábase tal 
delito, que la que lo llevaba, era despojada de 
todas sus ropas, y castigada en la vía pública. 
Ni el ingenio, ni la fama, ni la fortuna, eran sufi- 
ciente escudo, para salvar, de vejámenes á la 
sociedad de Buenos Aires, un simple indicio, 
una delación, etc., era causa suficiente, para 
hacer á cualquiera, acreedor, á toda clase de 
atropellos. Mientras los hombres mas distingui- 
dos, de la alta clase, blancos de la venganza de 
Rosas, caían víctimas de prepotentes violencias, 
eran á centenares, conducidos á las cárceles, 
todos los otros ciudadanos, que no tuviesen opi- 
niones en armonía, con aquellos del dictador ó 
combatiesen las miras de su futura política. Igno- 
rada de todos y hasta de Rosas, que lo ordenaba, 
la causa del arresto, era sin embargo declarado 
inútil el enjuiciamiento; aéí los numerosos y no 
interrumpidos fusilamientos, iban dejando local, 
para alojar nuevos prisioneros. Las tinieblas 
protegían al delito, y la ciudad despertaba horro- 
rizada, al oir las detonaciones nocturnas, que la 
devastaba. Al siguiente día los carros de la po- 
licía, recogían tranquilamente, los cuerpos de 
los asesinados por las calles, y los de los fusila- 



Ó UNA NUEVA TROYA 47 

dos, en las cárceles, para ser arrastrados todos 
aquellos cadáveres anónimos, á un osario común, 
negándoles á sus deudos, hasta el cumplimiento, 
de los últimos y supremos deberes. Estas esce- 
nas de sangre, tenían lugar, entre el saqueo y 
las carcajadas atroces de los carreteros, quienes 
separando las cabezas de los troncos y colocán- 
dolas en cestas, las ofrecían al pueblo (que 
cerrando las casas huía horrorizado), gritando 
al uso de los vendedores de fruta: ¡ aquí ván los 
ricos duraznos ! — ¿ quién compra duraznos uni- 
tarios? 

Vino en aquella época nefasta, aparejado el 
interés á la barbarie, la confiscación á la muerte: 
desde entónces, sobre la ruina de los antiguos 
propietarios de Buenos Aires, se alzaron las 
rápidas y deshonestas riquezas de los actuales 
partidarios de Rosas. Llegó éste á un colmo de 
ferocidad tal que superó en mucho á la fértil 
imaginación de Nerón y de Domiciano; las leyes 
se escarnecieron y podemos garantir que casi 
todas las familias, tienen en Buenos Aires cuando 
ménos un deudo á quien llorar. 

Pero verdaderos avances, se cometían, con los 
extranjeros, y principalmente, con los franceses, 
contra los cuales Rosas, hacía toda^clase de in- 

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famias, por lo que la reconocida paciencia de 
Luis Felipe, llegó á sus límites, y originó, el 
establecimiento del primer bloqueo francés. 



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Sumamente perseguidas, las altas clases de la 
sociedad, resolvieron emigrar de Buebos Aires, 
volviendo sus miradas al Estado Oriental, á don- 
de casi toda la proscripta ciudad, fué á buscar 
un refugio; debido á lo que la policía de Rosas, 
desplegó todo su rigor, castigando, con la pena 
de muerte, la inmigración; y apercibida de que 
apesar, de tan bárbara pena, no conseguían con- 
tenerla, se resolvió, aparejar al último suplicio, 
los tormentos mas atroces. Pero apesar de todo, 
el odio y el terror inspirado por Rosas, era mas 
fuerte, que el temor que inspiraban sus castigos, 
causa, por lo que la emigración, en vez de dis- 
minuir, crecía por días. 

Para la fuga de una entera familia, era su- 
ficiente un lanchón, donde se embarcaba, en el 
mayor desórden, y á la desesperada, padre, 
madre, hijos, hermanos y hermanas, abando- 
nando cada uno sus recursos, se dirigían al Es- 
tado Oriental, y á donde arrivaban teniendo por 
única riqueza, los vestidos que llevaban puestos. 
¡Nadie, tuvo que arrepentirse, de haber esperado 
hospitalidad del noble pueblo Oriental! — pues 
ésta fué grande y generosa, digna de una antigua 
República, y como la que el pueblo argentino 
debía esperar, de amigos, ó mejor dicho de 
hermanos, que tantas veces habían combatido 
bajo las mismas banderas, contra los ingleses, 



Ó UNA NUEVA TROYA 


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los españoles y lo§ brasileros, enemigos comu- 
nes y extranjeros, aunque mucho ménos crueles 
que el tirano de quien huían, aunque hijo de su 
misma tierra. 

Los argentinos llegaban en cantidad, y apé- 
nas pisaban tierra, eran generosamente atendí- ' 
dos, por los habitantes, como mejor podían, 
según sus medios de fortuna, y la amplitud de 
sus habitaciones; de nada entonces carecían los 
infelices, pero para no ser demasiado gravosos, 
á sus nobles protectores, y para poder socorrer 
á su vez á los nuevos emigrados, se entrega- 
ban inmediatamente al trabajo; á tal punto, que 
los hombres mas habituados á comodidades, 
se doblegaban á las mas humildes profesiones, 
dándoles ellos mas lustre, cuanto mas alto era 
el rango social á que pertenecían; de tal manera, 
que los nombres mas célebres de la República 
Argentina brillaron en la emigración; en primera 
línea, Lavalle, la valerosa espada de su ejército; 
Florencio Varela, su mayor ingenio; Agüero, 
uno de los primeros hombres de estado; Eche- 
verría, el Lamartine del Plata; Vega, el Bayardo 
de los soldados de los Andes; Gutiérrez, el feliz 
cantor de las glorias nacionales; Alsina, el gran 
abogado, y el ilustre ciudadano. Entre los mas 
pudientes propietarios; Saenz Valiente, Molino 
Torres, Ramos Mejía. Y también Rodríguez, el 



so 


MONTEVIDEO 


viejo general de las luchaste la Independencia, 
y del ejército unitario, y Olazábal, uno entre los 
héroes de aquel ejército de los Andes, del que 
Vega, como decimos, era el Bayardo. 

Objeto de la crueldad de Rosas, era tanto el 
unitario, como el federal, y todo lo que podía ser 
un obstáculo para su dictadura. Y actualmente 
débese á la hospitalidad dispensada á sus 
enemigos, el odio inmenso que Rosas nutre 
por el Estado Oriental. 

En la época á que nos referimos, era cabeza 
de la República, el general Fructuoso Rivera, 
hombre de la campaña, lo mismo que Rosas y 
Quiroga, difiriendo del primero, por sus tenden- 
cias á la civilización. 

Como hombre de guerra, y como jefe de parti- 
do, no tiene quien se le asemeje, en valor y en 
generosidad. Desde hacen 30 años que toma 
parte, en todas las conmociones políticas de su 
país, ha sido siempre el primero en correr á las 
armas, cuando ha habido necesidad de comba- 
tir al extranjero. 

Cuando la revolución contra la España, él 
se desprendió de toda su fortuna, siendo para 
Rivera, el dar, irresistible necesidad, pues mas 
que generoso, él es pródigo. 

Y en recompensa Dios, lo ha acompañado en 
su carrera. Gentil caballero, (en el sentido de la 



Ó UNA NUEVA TROYA 


51 


palabra española, que comprende al soldado y 
al hidalgo), de trigueño color, de alta figura, de 
mirada aguda, de corteses maneras, seduce á 
sus oyentes, con una contracción agradable del 
rostro, que le es peculiar; por tales cualidades, fué 
el hombre mas popular del Estado Oriental; pe- 
ro, sin embargo, es necesario decirlo, no hubo, 
quien peor que él administrase las finanzas de 
un pueblo. 

Como la propia, despilfarró la fortuna del 
país, no para si propio, pero sí, porque hombre 
público, conservaba el modo de ser, del hombre 
privado. Pero en la época á que nos referimos, 
no había aún aparecido tal desarreglo financie- 
ro. Rivera, en los principios de su presidencia, 
se circundó de los hombres notables del país. 
Obes, Herrera, Vázquez, Álvarez, Ellauri, Ltiis 
Eduardo Perez, lo acompañaban en el gobierno 
de la cosa pública, y con estos, no podía aquel 
bello país, sino seguir por la senda del progreso, 
de la libertad y del incremento. Obes, uno de los 
mayores amigos de Rivera, tenía un carácter 
antiguo; su patriotismo, su talento y su profunda 
instrucción, lo hacia distinguir entre los grandes 
americanos. Murió proscripto, víctima entre 
los primeros, del sistema de Rosas, en el Esta- 
do Oriental. 

Luis Eduardo Perez, el Arístides del Estado 



52 


MONTEVIDEO 


Oriental, republicano severo, ardiente patriota, 
consagró su larga vida á la virtud, á la libertad, 
y á la patria. 

Vázquez, hombre de talento y de sólida instruc- 
ción, hizo sus primeras armas en el asedio de 
Montevideo contra la España, y concluyó sus 
días en el sitio actual, habiendo siempre mere- 
cido bien de la patria. 

Herrera, Alvarez y Ellauri, pertenecen como 
valerosos guerreros, no solamente al Estado 
Oriental, sino también á la entera causa ameri- 
cana, y sus nombres serán por siempre saeros á 
la tierra de Colón que desde el Cabo de Hornos, 
se estiende hasta Estrecho de Barrow. Ahora 
bien, un gobierno formado por hombres de tan 
gloriosos antecedentes, tenía que estar forzosa- 
mente acompañado por la simpatía nacional, 
cuando le llegó la hora de combatir á visera 
levantada, el sistema nefasto de Rosas. Así, 
mientras el pueblo socorría compasivo á tantos 
infelices, el gobierno escogía entre los mas va- 
lientes de aquéllos, y ocupaba á los guerreros 
argentinos, declarados traidores por Rosas, 
honorándolos de todas maneras con atenciones 
y respeto; á lo que ayudaba potentemente la 
prensa, que libre en el Estado Oriental, sacaba 
á luz los delitos de Rosas, señalándolos á la 
execración universal. 



Ó UNA NUEVA TROYA 


53 


Fácilmente se comprende, porque los de- 
seos de venganza de Rosas, se fijaron en la 
persona de Rivera, el primero entre sus ene- 
migos como también sobre el país que él go- 
bernaba; pero fuerte en alimenmentarla, era 
sin embargo, impotente para ponerla en prác- 
tica. Se limitó entonces á una guerra sorda, 
favoreciendo de todas maneras la revolución 
de 1832, contra Rivera, y fracasada ésta, no 
se dió todavía por vencido. La presidencia 
de Rivera concluía en 1834, sucedíale el ge- 
neral Manuel Oribe, por la influencia del mis- 
mo Rivera que veía en aquél un amigo, al propio 
tiempo que un continuador de su sistema, y á 
quien había hecho poco ántes general y Ministro 
de la Guerra. 

Oribe pertenece á una distinguida familia del 
país, por cuya defensa combatió como héroe, 
después de 1811; es de poco espíritu y corta 
inteligencia, y la prueba mas acabada de tal 
aserto, está en la alianza de Rosas, que él abrazó 
con tanto entusiasmo, alianza que trajo la ruina 
de aquella independencia, por la que tantas ve- 
ces luchó. Como militar, es de ninguna capa- 
cidad, sus violentas pasiones lo hacen cruel, 
mientras que como privado es hombre de bien; 
como administrador fué mejor que Rivera; pero 
sobre él pesa la ruina del Estado Oriental, olvi- 



54 


MONTEVIDEO 


dando que para ser jefe de partido, no es sufi- 
ciente quererlo; desdeñó unirse á la causa nacio- 
nal que tenia por jefe á Rivera y queriendo obrar 
por su cuenta, infundió desconfianza y sospe- 
chas, por lo que se vió obligado á echarse 
en los brazos de Rosas. El país se apercibió 
de la guerra que el gobierno de Oribe hacía 
á la emigración argentina, y como fuerte era 
el odio que le inspiraba el sistema de Rosas, 
se unió á Rivera, cuando él en 1836 se puso al 
frente de una revolución contra Oribe. Este sin 
embargo sostenido por el ejército que le perma- 
neció fiel y por la ayuda de Rosas, pudó hasta 
el 1838, contener el peligro que lo amenazaba por 
todos lados. Es necesario, en este punto, rectifi- 
car un error muy generalizado; se cree comun- 
mente, que á la influencia de los franceses débase 
la calda de Oribe, mientras que es lo cierto, que 
tuvo únicamente por enemigos á los orientales. 
Su poder fué destruido en la batalla del Palmar, 
donde entre sus adversarios no se contaba un 
solo extranjero, en tanto que él caía en medio á 
ellos; y es terminante prueba, haberse encontrado 
después de la capitulación de Paysandú, un entero 
batallón argentino en aquella ciudad; y son ex- 
tranjeros los argentinos actualmente en el Esta- 
do Oriental, lo mismo que los hombres de Chile 
ó de la Inglaterra. Oribe renunció el poder ofi- 



Ó UNA NUEVA TROYA 


55 


cialmente delante á las cámaras, pidiéndoles á 
las mismas, el permiso para abandonar el país. 
Esto consumado, Rosas lo induce á protestar 
contra tal renuncia y cosa inaudita en América, él 
lo reconoció por jefe del gobierno de un país, á 
ámbos prohibido. Se rió mucho en Montevideo 
de esta locura del dictador, en tanto que se pre- 
paraba á cambiar la risa por el llanto; y fué 
consecuencia natural la guerra entre las dos 
naciones que dura desde el afio 1838. Hecho 
cargo nuevamente del poder Rivera, apoyó con 
todos sus elementos el bloqueo francés, y ob- 
tuvo socorros de hombres y de dinero para 
combatir al enemigo común. 

En tales dificultades habría Rosas fácilmente 
inclinado el ánimo á las exigencias europeas, 
cuando la llegada del almirante Mackau en 1840, 
dió lugar al tratado que lleva su nombre, por lo 
que se entonó la potencia de Rosas, que ya tendía 
á desaparecer, quedándole por único adversario 
la República Oriental. Así se combatió diversa- 
mente hasta 1842, cuando al ejército oriental le 
tocó la derrota del Arroyo Grande. En el mismo 
espacio de tiempo, una gran parte de la Repú- 
blica Argentina, fiada en el poder de la Fran- 
cia, érase levantada en armas en contra de 
Rosas, en guerra heroica y nacional. Pero esta 
lucha desigual había aumentado el número de 



66 


MONTEVIDEO 


los patriotas argentinos, mártires de la crueldad 
del dictador. Mientras tanto, una vez perdida 
la batalla del Arroyo Grande, el ejército de Ro- 
sas fuerte de 14,000 hombres, se lanzó sobre el 
Estado Oriental. A este torrente, servía única- 
mente de obstáculo 600 soldados, á las órdenes 
del general Medina, y 1,200 reclutas al mando 
del general Pacheco y Obes, (entonces coro- 
nel), quienes reuniéndose bajo el fuego de las 
avanzadas enemigas, eligieron por general en 
jefe á Rivera, á quien se le agregaron 4 ó 5 mil 
voluntarios, apercibidos del peligro; y entonces 
se vió milagro extraordinario, 6,000 hombres, 
desordenados y casi inermes, disputarles pal- 
mo á palmo el terreno al ejército de Rosas; 
obligados á marchar, por caminos incendiados 
por el enemigo, estos heroicos defensores de la 
patria, recogieron á su paso á todas las horro- 
rizadas familias, y después de inmensos peli- 
gros, iniciaron la retirada á Montevideo, donde 
buscó un asilo, casi toda la población de la 
campaña. 

El l.° de Febrero de 1843, el ejército oriental, 
ordenado en las afueras de Montevideo, divisó al 
enemigo; pero léjos de refugiarse en la ciudad 
(á quien recomendó las indefensas f amilias ), so- 
licitó armas y municiones,' y se lanzó á la cam- 
paña, para desde allí proveer á la guerra, diciendo 



<3 UNA NUEVA TROYA 


57 


antes de partir, á los ciudadanos: «Defendeos 
y contad con nosotros 1» 



MONTEVIDEO 


¡8 


CAPÍTULO III 


Wright, el autor del a Asedio de Montevideo » 
exponiendo la situación, en la cual se encontró 
la República Oriental, después de la batalla del 
Arroyo Grande, concluye la lúgubre narración 
con las siguientes tristes palabras: 

«El sol de Diciembre, al sumergir sus rayos 
en el Océano nos dejó : 

Derrotados en el exterior, 

Sin ejército, 

Sin soldados tampoco en el interior, 

Sin materiales de guerra. 

Sin dinero. 

Sin rentas. 

Sin crédito. » 

Y este cuadro no era exagerado. El general 



Ó UNA NUEVA TROYA 


59 


Rivera, entonces Presidente de la República;, 
y nosotros haciendo un juicio imparcial de él, 
como de todos los personajes que hemos tratado 
de describir, juicio que pertenecerá á la posteri- 
dad, (porque en los juicios políticos y literarios, 
la distancia equivale al tiempo, y hace el presente 
imparcial, como el porvenir), nosotros hemos 
dicho ya á que desgraciado estado condujo las 
finanzas del país. Respecto al ejército, resentíase 
de las falsas ideas que tenía sobre la guerra el 
general Rivera, de las cuales daremos el origen. 
Rivera había hecho sus primeras armas, bajo 
las órdenes de Artigas, el cual no era un general, 
sino un jefe de partido; sus batallas consistían 
en sorpresas y golpes de mano. Discípulo de tal 
maestro Rivera, comprendía la guerra de igual 
manera, apesar de que las cuestiones y los hom- 
bres habían cambiado de aspecto. Algunos 
oficiales, patriotas é inteligentes, intentaron ha- 
cer cambiar de táctica á Rivera, creyendo que 
su manera de combatir, fuese un sistema y nó 
una práctica, pero por mucho ascendiente que 
tuviesen sobre él, debieron contentarse con in- 
troducir con gran trabajo, pocas y aisladas me- 
joras, que no sirvieron sino para poner mas de 
manifiesto, lo deficiente de) sistema del general. 
El ejército, por lo tanto, siguió como su jefe 
lo quería: indisciplinado, sin orden, sin unidad, 



60 


MONTEVIDEO 


verdadera tropa de aventureros como lo era en 
tiempo de Artigas, de la que faltaba únicamente 
aquel. Componíase de dos pequeños batallones 
de infantería, formados enteramente de negros, y 
de muy poca caballería que abandonaba las filas, 
aún en los campamentos militares, y no corría á 
agruparse alrededor de las banderas, sino en los 
días de peligro. Había un considerable material 
de artillería tijera, pero el personal de esta arma, 
se conducía como el de la caballería; el servicio 
del estado mayor, como aquel del ejército, podía 
decirse nulo, habiendo también mezclados á 
comandantes superiores, hombres á quienes 
les sería difícil dirigir una maniobra. Las diver- 
sas divisiones del ejército, confiadas á coman- 
dantes generales tenían una organización militar 
deficiente; en vano hubiese sido buscar en todo 
el territorio de la República, un arsenal de 
guerra; y como nadie se había imaginado que 
el país pudiese sufrir una derrota, cuando sobre- 
vino, la consideraron irreparable. Montevideo 
por otra parte desde hacía tiempo, no reunía 
condiciones de defensa, sus muros, habían sido 
derribados el año 1833; y el gobierno que allí 
residía, era compuesto de hombres débiles, 
capaces de cumplir sus deberes, en circunstan- 
cias ordinarias, pero incapaces de fuertes re- 
soluciones en casos críticos. La situación de 



6 UNA NUEVA TROYA 


61 


Montevideo era terrible. A la nueva de la pér- 
dida de la batalla del Arroyo Grande, la 
población quedó aterrada y todos los patriotas 
inclinaron la cabeza, mientras que los amigos 
de Oribe, esto es: los partidarios del extran- 
jero, abrieron el ánimo á la esperanza, y cons- 
piraron abiertamente por Rosas y por la rui- 
na de la República Oriental. 

Pero algunos hombres de patriotismo y de 
acción, que se encontraban en Montevideo, in- 
dujeron al gobierno á tomar enérgicas medidas 
para la defensa de la ciudad, y fué por esto que 
se creó un batallón de reserva., en el que debe- 
rían servir los hombres de 14 á los 50 años, jefe 
del cual se nombró al general Paz, y se decretó la 
libertad de los esclavos para hacerlos también 
soldados. Pero todas estas medidas tenían el 
sello de la debilidad, por lo que eran des- 
pojadas de toda autoridad, lo que hizo que el 
gobierno se viese mal obedecido y nada respe- 
tado. Del confín de la campaña, se alzó el primer 
y verdadero grito de guerra contra los invasores, 
y aquél partió del comandante general del depar- 
tamento de Mercedes, del coronel Pacheco y 
Obes. 

Inmediatamente, que el desastre del Arroyo 
Grande, fué conocido por el coronel Pacheco 
y Obes, no siguiendo mas que los impulsos de 



62 


MONTEVIDEO 


su patriotismo, tomó incontinente las medidas 
mas enérgicas para organizar una fuerza militar; 
y aún antes que el gobierno, él por su autoridad 
individual, proclamó la libertad de los esclavos, 
resolviendo con un simple rasgo de pluma, 
esta gran cuestión que se debate desde hace un 
siglo en Europa, y ante la cual se detiene hacen 
ya 60 años el gobierno de los Estados Unidos. 
El distrito de Mercedes, comprendía tres pe- 
queñas ciudades, de dos á tres mil habitantes 
cada una. Pacheco, hecha una leva en masa, 
formó regimientos de ciudadanos, los armó, 
los disciplinó, creó fábricas de armas, y sin otros 
recursos, que aquellos que consiguió del patrio- 
tismo del país, veinte días después de la batalla 
del Arroyo Grande, se lanzaba á su vez al campo, 
con 1,200 hombres armados y equipados, que 
tuvieron el honor de cambiar con los soldados 
de Rosas, los primeros tiros, que fueron dispa- 
rados por la santa defensa del país; sus entusias- 
tas y resueltas proclamas, su fé en el triunfo de 
la causa nacional, realzaron el entusiasmo aba- 
tido, y así como era claro que un hombre que 
procedía de tal modo debía esperar, todos par- 
ticiparon de sus esperanzas. Hé aquí pues, como 
se expresa el Diario Oficial de Montevideo del 31 
de Diciembre del 1842, hablando de la conducta 
del coronel Pacheco y Obes. 



Ó UNA NUEVA TROYA 


83 


«Sabemos, que ofendemos la modestia del 
valeroso jefe del distrito de Mercedes, ¿pero 
cómo callar, si cada día que transcurre, mués- 
trase á nuestros ojos con nuevas pruebas de su 
actividad, de su noble conciencia, de su alta 
capacidad? El coronel Pacheco y Obes nos de- 
muestra, que en las grandes circunstancias tene- 
mos hombres de acción, de consejo y de gobierno, 
aptos á salvar la patria.» 

Así pensaban de él todos los patriotas del 
Estado Oriental. Todos ansiaban un cambio de 
gobierno, y la opinión pública llamaba á tomar 
parte del poder al coronel Pacheco y Obes. 

El general Rivera cedió á los deseos del país, 
y antes de partir para el ejército, nombró un 
nuevo ministerio, de quien hacía parte Pacheco 
y Obes por la Guerra y Marina, Santiago Váz- 
quez por Relaciones Exteriores, y Francisco 
Joaquin Muñoz por Hacienda. El 3 de Febrero 
de 1843 el nuevo ministerio entró á funcionar, 
el que fué llamado Ministerio Pacheco y Obes, 
y al que débese por las prontas medidas de los 
primeros días de su existencia, la increíble de- 
fensa de Montevideo. Este ministerio funcionaba 
bajo la dirección del Presidente del Senado que 
ejercía la Presidencia de la República en ausencia 
del general Rivera. Este funcionario era don 
Joaquin Suarez, uno de los mas ricos propieta- 



64 


MONTEVIDEO 


rios del Estado Oriental, y el hombre mas hono- 
rable de este pueblo, á quien ha consagrado toda 
su vida. Actualmente ocupa la presidencia efecti- 
va, pues ha sucedido é. Rivera, cuyo período 
legal espiró el L® de Marzo de 1843. 

El 16 de Febrero del mismo año, el ejército 
enemigo mandado por Oribe, se presentaba 
delante de Montevideo en la creencia de que 
podía entrar, sin disparar un tiro, ó cuando 
mas tomarla con un golpe de mano. Pero en 
el tiempo transcurrido, desde su instalación, el 
nuevo gobierno había hecho de Montevideo 
una plaza de guerra, capaz de contener á los 
vencedores del Arroyo Grande. 

Todos los hombres aptos para cargar las 
armas habían sido enrolados, y ninguna consi- 
deración, era suficiente para alejarlos del cum- 
plimiento de sus deberes. Ninguna excepción 
fué admitida. El Ministro de la Guerra dictaba 
los decretos, y se encargaba él mismo de hacer- 
los cumplir, y todos sabían, que nada influía 
para detener su voluntad de fierro. Fué en el 
entonces, que se reorganizaron los batallones 
de la guardia nacional, y se eligieron por co- 
mandantes de estas masas improvisadas á aque- 
llos hombres, hasta entónces agenos á la guerra, 
y cuyos nombres son: Lorenzo Batlle, Francisco 
Tajes, José María Muñoz, José Solsona, Juan 



<5 UNA NUEVA TROYA 


65 


Andrés Gelly y Obes y Francisco Muñoz. Todos 
eran negociantes ó abogados al principio del 
asedio. Todos son hoy coroneles y jamás las 
nobles insignias de este grado, han sido llevadas 
mas noblemente. Francisco Muñoz, ha muerto. 
Todos los otros casi por milagro viven todavía, 
porque en todos los días de este largo asedio 
han sido vistos en medio al peligro, provocar la 
muerte que los respeta. Los cuerpos de línea, 
al mando de los cuales figuran también hombres 
nuevos, fueron reorganizados y puestos á las 
órdenes de Marcelino Sosa, el Héctor de esta 
Nueva Troya, de César Díaz, de Manuel Pacheco 
y Obes y de Juan Antonio Lezica. Y todos estos 
nombres que citamos, son ya históricos, y serían 
nombres inmortales si tuviesen por cantor un 
nuevo Homero. 

Sosa ha muerto, y nosotros relataremos su 
heroica muerte y algunas de sus hazañas que 
convirtiéndolo en el terror del ejército enemigo, 
le conquistaron la admiración de la ciudad sitia- 
da. Presentemente, es el coronel César Díaz, 
quien manda las tropas; hombre de gran ta- 
lento, tiene la reputación de que todos están 
contéstes, de que es el mejor táctico de infante- 
ría, que se encuentra entre las dos fuerzas. 
El coronel Batlle, actual Ministro de la Guerra 
y de Hacienda, tiene próximamente treinta años; 



«8 MONTEVIDEO 

la naturaleza se le ha mostrado mas que pródiga, 
pues lo ha hecho bello, valeroso, inteligente, en 
fin, es uno de aquellos hombres destinados á 
resplandecer en la futura historia de América; 
fué él quien en 1846, con un grupo de valientes, 
sorprendió las fuerzas que sitiaban á la Co- 
lonia, y las obligó á levantar el asedio. 

Es de admirar el valor desplegado por estas 
noveles fuerzas á las que coad yugaban con to- 
das sus fuerzas, y su sangre, los argentinos 
refugiados en Montevideo, formados en legión 
por la defensa del país, que les había dado hos- 
pitalidad. 

Fueron asi miaño elegidos muchos jefes ex- 
tranjeros, que de tal modo representaban las 
ideas de libertad y de progreso, no del todo apa- 
gadas en el mundo, pero que apesar de eso, no 
habían encontrado aún una nación, donde echar 
profundas y duraderas raices. Entre esos jefes, 
que merecerán siempre en recompensa á sus 
sacrificios, la gratitud del pueblo entero, se des- 
taca José GaribaldL 

José Garibaldi, proscrito de la Italia, porque 
había combatido por la libertad, proscrito de la 
Francia, donde había pretendido luchar por la 
misma causa, proscrito de Rio Grande, por 
haber contribuido á la fundación de aquella Re- 
pública, vino por fin á ofrecer su espada á Mon- 



Ó UNA NUEVA TROYA 


67 


tevideo. Nosotros trataremos de hacer conocer 
á nuestros contemporáneos, física y moralmente 
á este hombre potente y valeroso, que jamás 
nadie á podido atacar, sino con la calumnia. 

Garibaldi es un hombre de 40 años, de media- 
na estatura bastante proporcionada, de largos 
cabellos rubios, ojos celestes, frente griega, en 
una palabra, puede decirse, un tipo de verdadera 
belleza, usa la barba larga, y su vestido se dis- 
tingue por la ausencia de toda insignia militar. 

Sus movimientos son precisos, Su voz armóni- 
ca se asemeja á un canto. En su estado normal, 
parece mas bien hombre de cálculo, que de 
inspiración; pero si oye hablar de la independen- 
cia de Italia, entonces él se conmueve como un 
volcán que arroja llamas y despide lava. Jamás 
fué visto llevar armas sino en la pelea, y cuando 
ésta llega, desnudando la espada que primero 
le viene á las manos, arroja la vaina y se lanza 
contra el enemigo. 

En el 1842 fué nombrado comandante de la 
flotilla, sosteniendo poco después en el Paraná, 
un combate desesperado contra fuerzas tres ve- 
ces superiores á las suyas, pero viendo la impo- 
sibilidad de resistir, hizo naufragar, no diremos 
sus naves, pero sí sus lanchas, aplicándoles 
fuego; y retirándose al frente de sus hombres 
gl territorio de la República, presentóse entre 



68 MONTEVIDEO 

los primeros, para la defensa de Montevideo. 

El Ministro de la Guerra, Pacheco y Obes, 
adivinó la importancia del proscrito, y á es- 
tos dos hombres les bastó verse, para com- 
prenderse, y unirse por una estrecha y sincera 
amistad, bastante rara por cierto en la época 
actual. 

Montevideo, sitiada por la parte de tierra, es 
también bloqueada por la flotilla de Rosas. El 
Ministro de la Guerra, pretende entónces orga- 
nizar por mar una resistencia igual á aquella que 
él ya hahía improvisado por tierra, y apesar de 
que la República no dispusiese, que de pequeñí- 
simos buques, ayudado sin embargo por Garibal- 
di, él consiguió la realización de sus deseos. 
Antes de dos meses, cuatro insignificantes lan- 
chones con la bandera oriental, se hacían á la 
mar y combatían la fuerza marítima de Rosas, 
mandada por Brown. 

Estos cuatro buques debían tener los nombres 
de Suárez , Muñoz , Vázquez y Pacheco y Obes ; 
pero este último cambió el nombre del suyo por 
el de Libertad. Los dos mas importantes de estos 
que eran Suárez y Libertad tenían cada uno dos 
cañones, y los otros dos, es decir, el Muñoz y el 
Vázquez, no tenían mas que uno. 

Y entónces se vió el singular espectáculo de 
una lucha en la cual 60 marineros, 4 lanchas y 



Ó UNA NUEVA TROYA 


6 piezas de cañón, llevaban el ataque & 4 grandes 
buques con 100 piezas de grueso calibre y á 1,000 
hombres de equipaje. 

Garibaldi era el comandante y su voz bien 
conocida del enemigo, se alzaba en la pelea, 
ordenando la muerte, superando en mucho á sus 
mismos cañones. 

A quien tuviese deseos de conocer que recom- 
pensas recibía Garibaldi en premio de su vida 
espuesta todos los días, este hombre que los 
diarios franceses, han llamado un aventurero, 
y que estamos satisfechos de haber encontrado 
en Roma, porque él dió con su heroica defensa, 
el mayor ridículo, á aquella expedición, nosotros 
lo diremos. 

En 1843, don Francisco Agell, respetable ne- 
gociante de Montevideo, se dirigía al coronel 
Pacheco- y Obes, para darle cuenta, que en la 
casa de Garibaldi, en la casa del jefe de la Legión 
Italiana, del comandante de la flota nacional, 
del hombre siempre pronto á derramar su propia 
sangre por defender á Montevideo, no se en- 
cendía de noche luz, porque en la ración del 
soldado (única cosa con que contaba Garibaldi 
para vivir con su familia), no estaban comprendi- 
das las velas. El Ministro de la Guerra, en vista 
de esto, mandó por intermedio de su edecán 
José María Torres, 100 patacones á Garibaldi, 



70 


MONTEVIDEO 


quien tomó únicamente la mitad de la suma, 
restituyendo la otra, para que le fuese entregada 
á una viuda, que él indicó, y que según su pare- 
cer, tenía mayores necesidades. 

¡ Cincuenta patacones hé ahí la única suma que 
Garibaldi ha recibido de la República, en el 
curso de tres años, que la defiende ! 

Correspondiéndole, otra vez, como parte de 
botín la suma de mil patacones, el Ministro de 
Hacienda, lo invitaba á retirar dicha cantidad, 
recibiendo á su carta de invitación, una respues- 
ta tal, como negativa; que creyó oportuno, 
comunicársela á su colega, el Ministro de la 
Guerra, quien como amigo de Garibaldi, se 
encargó de llamarlo y convencerlo; presentándo- 
se éste (con su sombrero blanco estropeado, y 
los botines á pedazos) á informarse de lo que 
quería el Ministro, pero apénas supo de lo que 
se trataba, poco faltó para que se encolerizase 
muy sériamente con su amigo, ¿insistiendo éste, 
apesar de todo, para que tomase al ménos aque- 
lla suma para la Legión Italiana, Garibaldi res- 
pondió : *La Legión no piensa diversamente que 
yó, conservad eso páralos pobres de la ciudad .» 
Él conocía á fondo á los generosos proscritos 
que tenía bajo sus órdenes, porque en el mismo 
año, el general Rivera, donándole varias leguas 
de campo y algunos millares de animales vacu- 



ó UNA NUEVA TROYA 


71 


nos, le enviaba por intermedio del coronel don 
Augusto Pozólo, los títulos de propiedad, y 
consultando Garibaldi con los ojos á toda su 
Legión, al frente de la cual estaba, los rompió 
diciendo: «La Legión Italiana, dá su oida á 
Montecideo, pero no la cambia por tierras y 
ganados, ella dá su sangre en cambio de hos- 
pitalidad y porque Montevideo combate por su 
libertad . » 

En 1844 una horrible tempestad azotaba la 
rada de Montevideo; se encontraba en el puerto 
una goleta, á bordo de la cual estaban varias 
familias, entre ellas la del señor Carril, que se 
dirigía á Rio Grande; la goleta, peligraba, pues 
había perdido varias anclas, no quedándole mas 
que una. Enterado del peligro Garibaldi, se lanza 
al mar, en una lancha, con sus marineros, y 
llevando consigo otra ancla, la goleta es salva. 

El 8 de Febrero de 1846 el general Garibaldi, 
al frente de 200 italianos, es sorprendido por 
1,200 hombres de Rosas, mandados por el ge- 
neral Servando Gómez, de los cuales 400 de 
infantería. ¿Qué hace Garibaldi? Tal vez lo que 
hubiese hecho el mas valeroso en tal emergen- 
cia, buscar un punto aparente para parapetarse 
y defenderse. Nada de esto hizo. Garibaldi y sus 
200 legionarios atacaron á los 1,200 soldados 
de Rosas, y después de cinco horas de combate 



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desesperado, la infantería destruida, la caballería 
desmoralizada se retira de la lucha, y Garibaldi 
y los suyos quedan dueño del campo de batalla. 

Siempre el primero en las batallas, Garibaldi 
lo era igualmente para endulzar los males que 
trae aparejada la guerra; y si alguna vez com- 
parecía en el despacho del Ministro, era para 
pedir el perdón de un conspirador, ó socorros 
para cualquier infeliz; y efectivamente, á los 
empeños de Garibaldi, don Miguel Molina y 
Haedo, condenado por las leyes de la República, 
en 1844, debió la vida. En Gualeguaychú, hace 
prisionero al coronel Villagra, uno de los mas 
feroces jefes de Rosas, y lo pone en libertad 
conjuntamente con sus compañeros. En Itapeby 
pone en fuga al coronel Lavalleja, la familia del 
cual queda en su poder; Garibaldi forma á esta 
familia una escolta de prisioneros, y los envía al 
coronel Lavalleja, con una carta toda cortesía y 
generosidad. 

Nosotros lo repetímos todavía una vez, en todo 
el tiempo que Garibaldi estuvo en Montevideo, 
vivió con su f amili a en la mas estreñía miseria. 
Éi jamás tuvo ropa distinta á la de los soldados, 
y muchas veces sus amigos se valieron de estra- 
tagemas para obligarlo á usar un traje nuevo. 

Escribid á Montevideo, señores publicistas, 
que habéis tratado á Garibaldi de aventurero. 



Ó UNA NUEVA TROYA 


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escribid á los hombres del gobierno, escribid 
á los comerciantes, escribid á las personas del 
pueblo, y os apercibiréis que jamás un hombre 
fué mas umversalmente estimado y considerado 
que Garibaldi, en aquella República de que vo- 
sotros republicanos predicáis el abandono. Pero 
es cierto, que el gobierno que ha abandonado la 
causa de la Alemania por el rey Guillermo, el 
Austria y la Italia por el emperador Francisco, 
Ñapóles y la Sicilia por el rey Fernando, este 
mismo gobierno, puede muy bien predicar el 
abandono de Montevideo, y la alianza con Rosas; 
pero, poned en parangón un instante á Garibaldi, 
el hombre que esos escritores calumnian, en 
confronto con Rosas que ellos elevan y juzgad. 

Y ahora que hemos hablado detenidamente del 
primero, es necesario decir lo que hacía al mis- 
mo tiempo el segundo. Nosotros leemos, las 
mismas comunicaciones dirigidas á Rcsas, por 
sus oficiales y agentes, y no olvidamos que las 
tablas de sangre, publicadas en la América del 
Sud, registran diez mil asesinatos. 

El general don Mariano Acha que servía en el 
ejército enemigo de Rosas, defendía San Juan, 
pero el 82 de Agosto de 1841 es obligado á ren- 
dirse después de 48 horas de resistencia; don 
José Santos Ramírez, oficial de Rosas, trasmi- 
tiendo al gobernador de San Juan el parte oficial 



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de aquel acontecimiento, empleaba esta textual 
frase : « Todo está en nuestro poder, pero con 
el perdón y la garantía para todos los prisio- 
neros , entre ellos se encuentra un hijo de La- 
madrid .» Publicistas del Elíseo, tomad el núm. 
3067 del Diario de la Tarde de Buenos Aires, 
correspondiente al 22 de Octubre de 1841, y á 
comparación del parte oficial de José Santos 
Ramírez, que declara el perdón y la garantía 
de la vida á todos los prisioneros, vosotros, po- 
dréis escribir al reverso este párrafo : 

Desaguadero, 22 de Setiembre de 1841. 

« El supuesto salvaje unitario Mariano Acha, 
ha sido degollado ayer, y su cabeza espuesta á 
las miradas del público.» 

Firmado: Ángel Pacheco .» 


Este Ángel Facheco, es un primo del general 
Pacheco y Obes, pero que sigue, como se vé, 
un camino bien diferente de aquél. Vosotros 
habéis leído en el parte de Santos Ramírez tam- 
bién la frase: « entre ellos » (esto es, entre los 
prisioneros) «se encuentra un hijo de Lama- 
dridj » y bien, abrid la Gaceta Mercantil núm. 
5703, del 21 Abril 1842, y encontrareis esta carta 



Ó UNA NUEVA TROYA 


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escrita á don Juan Manuel Rosas, por Nazario 
Benavides : 


« Mira-flores en marcha, 7 Julio 1842. 

«En mis despachos precedentes os he dicho 
los motivos, por los cuales retenía al salvaje Ci- 
ríaco Lamadrid (hijo del belludo); pero sabiendo 
que este último, se había dirigido á varios jefes 
de la provincia, incitándolos á la rebelión, yo he 
hecho á mi llegada á la Rioja, degollar al pri- 
mero, como asi mismo al salvaje unitario Ma- 
nuel Julián Frías , santiagueño. 

Nazario Benavidez . » 


El general don Manuel Oribe, el que los 
órganos de Rosas, llaman el ilustre, el virtuoso , 
ha mandado por algún tiempo el ejército de 
Rosas, encargado de someter las provincias ar- 
gentinas. Una de sus divisiones deshizo el 15 
de Abril 1842 sobre el territorio de Santa Fé, 
las fuerzas comandadas por el general don 
Apóstol Martínez. Leed el boletín, del hecho de 
armas, publicado en Mendoza, por que contiene 
una letra firmada por el ilustre y virtuoso Oribe; 



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dirigida al general Aldao gobernador de la pro- 
vincia: 

" Del Coarte! General en las Barrancas de Coronda, ” 

17 Abril 1842. 

« treinta y tantos muertos y varios prisio- 

neros, entre los cuales el supuesto general salvaje 
Juan Apóstol Martínez, al cual le ha sido cortada 
la cabeza , ha sido el resultado de este hecho 
glorioso para nuestras armas federales. Yo me 
congratulo de este glorioso suceso y me digo 
vuestro devoto servidor. 


M. Oribe.» 

Y ya que tenemos en la manó, esta Gaceta 
Mercantil , veamos el núm. 5903 del 20 Setiem- 
bre 1842 y encontraremos un parte oficial de 
Manuel Antonio Saravia, empleado en el ejército 
de Oribe. Esta parte contiene una lista de diez y 
siete individuos, entre los cuales un jefe de ba- 
tallón, y un capitán que fueron hechos prisioneros 
en Numayan y sufrieron el castigo ordinario de 

la PENA DE MUERTE. 

Y ya que hablamos del ilustre y virtuoso Ori- 
be, proseguiremos haciéndolo; encontramos nue- 
vamente su nombre en el núm. 3067 del Diario 



Ó UNA NUEVA TROYA 


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de la Tarde del 22 Octubre 1841, en ocasión de 
la batalla de Monte-Grande , de la que él, ha 
hecho el parte; en esta relación oficial se leen 
las líneas siguientes : 

«Cuartel General de los Ceibales,» 

14 Setiembre 1841. 

« Entre los prisioneros, se encontraba el trai- 
dor salvaje unitario ex-coronel Facundo Borda, 
que fue fusilado en seguida de tomado , conjunta- 
mente á otros sediciosos oficiales, de caballería 
unos y de infantería otros. 


M. Oribe.» 


Un traidor hace entrega á Oribe del goberna- 
dor de Tucuman, y sus oficiales; y él el ilustre , 
el virtuoso , dá aquella nueva á Rosas en estos 
términos : 

Cuartel General de Metan, 3 Octubre 1841. 

« Los salvajes unitarios que me ha consignado 
el comandante Sandoval, y que son: Márcos M. 
Avellaneda, pretendido gobernador de Tucuman, 
coronel J. M. Videla, capitán José Espejo y el 



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lugarteniente Leonardo Sosa, han sido sobre la 
marc ha fusilados en la forma ordinaria á ex- 
cepción de Avellaneda, que he ordenado, le 
corten la cabeza, para ser expuesta á las miradas 
del público en la plaza de Tucuman. 

M. Oribe . » 


Pero Oribe, no es el solo lugarteniente de 
Posas, encargado de las ejecuciones ordenadas 
por el dictador, lo es también un cierto Maza, 
que los órganos de Rosas, se han olvidado de 
calificar de ilustre y de virtuoso , apesar de que 
merece también este doble título, como se puede 
ver por la carta publicada en el núm. 5483 de la 
Gaceta , de fecha 6 Diciembre 1841. 


Catamarca, 29 del mes de Rosas , 1841. 

A S. E. el Sr. Gobernador D. C. A. Arredondo. 

« Después de dos horas de fuego, y de haber 
pasado á cuchillo á toda la infantería, se puso 
tam bién á la caballería en derrota, huyendo el 
jefe con treinta hombres en dirección al Cerro 
de Ambas te; actualmente se le persigue, y su 
cabeza, será muy bien pronto puesta en la plaza 



Ó UNA NUEVA TROYA 


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pública, como lo son ya los de los supuestos mi- 
nistros González, Dulce y Espeche.» 

Firmado: M. Masa.» 

« j Viva la federación ! » 

Lista nominativa de los salvajes unitarios se- 
diciosos, jefes y oficiales, que han sido fusilados, 
después del hecho del 29. 

«Coronel Vicente Mercao. 

«Comandantes: Modesto Villafañe, Juan Pe- 
dro Ponce, Damasio Arias, Manuel López, Pedro 
Rodriguez. 

«Jefes de batallón : Manuel Rico, Santiago de 
la Cruz, José Fernandez. 

«Capitanes: Juan de Dios Ponce, José Salas, 
Pedro Araujo, Isidoro Ponce, Pedro Barros. 

«Ayudantes: Damasio Sarmiento, Eugenio 
Novillo, Francisco Quinteros, Daniel Rodriguez. 

« Lugarteniente: Domingo Díaz. 

Firmado: M. Maza .» 

Y ya que hablamos de Maza, continuemos, 
después seguiremos con Rosas. 

«Catamarea, 4 Noviembre 1841.» 

«Ya os he escrito, que nosotros habíamos pues- 
to en derrota completa al salvaje unitario Cubas, 



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que era perseguido, y que estarla pronto en 
nuestro poder la cabeza del bandido. Y efectiva- 
mente ha sido tomado en el Cerro de Ambas te, 
en el propio lecho, en consecuencia, la cabeza 
del indicado fascineroso Cubas, ha sido espues- 
ta sobre la plaza pública de esta ciudad. 

Después del hecho , se han tomado diez y nueve 
oficiales que seguían á Cubas; no se les dió 
cuartel, y el triunfo ha sido completo, ni siquiera 
uno se ha saleado .» 


Firmado: M. Maza. 


Veamos de paso en el Boletín de Mendoza, 
núm. 12 una frase escrita, en una carta dirigida 
desde el campo de batalla del Arroyo Grande, 
al gobernador Aldao por el coronel Gerónimo 
Costa: 

« Nosotros heñios hecho prisioneros mas de 
ciento cincuenta jefes y oficiales, que fueron fusi- 
lados sobre el campo de acción .» 

Hemos prometido hablar de Rosas; y cumpli- 
mos la palabra. 

Cuando el coronel Zelallaran fué muerto, se le 
llevó su cabeza á Rosas, y éste pasó tres ó cuatro 
horas haciéndola rodar, y escupiendo sobre ella. 
Sabe que otro coronel, compañero de armas de 
aquél, está prisionero, y piensa primero hacerlo 



<5 UNA N.UEVA TROYA 


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fusilar, pero después , cambia de parecer, y en 
lugar de la muerte, lo condena á la tortura, y 
ordena que el prisionero, durante tres días, 
permanezca dos horas, mirando la mutilada 
cabeza colocada sobre una mesa. 

En 1833, Rosas hacía fusilar en medio de la 
Plaza de San Nicolás, una parte de los prisione- 
ros del ejército del general Paz, entre aquéllos, al 
coronel Videla, antiguo gobernador de San Luis; 
en el momento de la ejecución, el hija del con- 
denado, se arroja á sus brazos; y Rosas ordena 
los separen; pero el joven se resiste, por lo que 
Rosas dió órden de hacer fuego sobre los dos, 
y el padre y el hijo cayeron muertos, estrechados 
en un abrazo supremo. 

En 1832, Rosas hizo conducir áuna plaza de 
Buenos Aires, ochenta indios prisioneros y en 
pleno día, sobre aquella plaza, á la vista de todos 
los hizo matar á golpes de bayoneta. 

Camila O’Gorman, jóven de diez y ocho años, 
y de una de las principales familias de Buenos 
Aires, es seducida por un sacerdote de 24 años. 
Abandonan los dos la ciudad refugiándose en 
una pequeña aldea de Corrientes, en la cual, 
diciéndose casados, abren una escuela. Corrien- 
tes cae en poder de Rosas; el jóven es recono- 
cido por otro sacerdote y denunciado con su 

compañera á Rosas, quien ordena sean conduci- 

6 



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dos á Buenos Aires, donde sin ningún juicio, 
dispone sean fusilados. 

Pero le ^visaron á Rosas que Camila O’Gor- 
man estaba en cinta de ocho meses, y entonces 
resuelve, que se bautizase el vientre, si querían 
salvar el alma de aquella criatura, y una vez 
hecho, Camila O’Gorman fue fusilada: recibien- 
do tres balazos la infeliz madre en los brazos, 
pues por un movimiento natural, ella parecía 
querer proteger á su hijo. 

Y después de todo esto, ¿por qué es que la 
Francia se hace enemiga de Garibaldi y amiga 
de Rosas! Por que los amigos y enemigos de la 
Francia, les son impuestos por la Inglaterra. 



Ó UNA NUEVA TROYA 


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/ 

; 


CAPITULO IV 


Volviendo ahora á Montevideo de quien nos 
alejaron un poco Aquiles y Tersite. Recordare- 
mos que ya hemos dicho, que el 3 de Febrero 
de 1843, no había dinero, ni víveres, ni materia- 
les de guerra en la ciudad. En aquel día el 
Ministro de la Guerra, preguntaba al de Ha- 
cienda, cuales eran los recursos con que se 
podía contar para la organización de la defensa, 
y recibía por toda respuesta, de que se podría 
resistir con grandes economías hasta el vigési- 
mo día. 

¿Y cuánto tiempo resistieron los españoles el 
primer asedio? le preguntaba de nuevo. 

--Veinte y tres meses, respondía el Ministro 



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de Hacienda — pero se encontraban en mejor 
situación qne nosotros. 

Pues bien, ahora nos sostendremos por 24, 
dice Pacheco y Obes; vergüenza á nosotros, si 
aquello que hicieron los extranjeros por la tira- 
nía, no lo podemos hacer actualmente por la 
libertad. 

¡ Y Montevideo resiste desde hacen siete años ! 

También «s cierto que el primer decreto del 
Ministro de la Guerra, decía: 

— La patria está en peligro! 

— La sangre y el oro de los ciudadanos perte- 
nece á la patria. 

— Quien niegue á la patria su oro ó su sangre, 
será castigado con pena de muerte. 

Apesar de qne los sibaríticos hábitos de Mon- 
tevideo fuesen un obstáculo á tales medidas, y 
que los individuales intereses levantasen la voz, 
sin embargo, todos los ciudadanos sin excepción 
tuvieron que contribuir con su sangre y dinero. 
El primero fue el Ministro de la Guerra, que 
dió el ejemplo con su propia familia. El ejéreito 
enemigo estaba á las puertas de la ciudad, y 
faltaba todavía un local para establecer una 
ambulancia para los heridos futuros de las ba- 
tallas futuras. 

El coronel Pacheco y Obes, visitando su familia 
que huyendo de la campaña se había refugiado 



Ó UNA NUEVA TROYA 


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en la ciudad, se apercibió que el edificio por ella 
ocupado se prestaba para establecer el hospital, 
y llamando á sus hermanas les anunció la nece- 
sidad de abandonar la casa. 

— Pero nuestra madre enferma, $ dónde la 
cuidamos? 

— Oh! se abrirá alguna puerta en Montevideo 
para hospedar á la madre del Ministro de la 
Guerra. 

Y efectivamente la madre y las dos hermanas 
sin hogar son recogidas, y el ejército sitiado 
tiene un hospital. 

Dos jóvenes primos hermanos del Ministro, 
de quien eran grandes amigos, pretendieron bajo 
la égida de la amistad y de la sangre eludir 
el decreto, por lo que por órden del Ministro 
fueron arrancados de su casa y conducidos al 
ejército. 

La familia del general Rivera, Presidente de la 
República Oriental, había apesar de la ley reser- 
vádoseá dos esclavos, creyéndose segura á la 
sombra del poder y del nombre; pero el coronel 
Pacheco y Obes, dirigiéndose en persona al ge- 
neral Rivera, le pidió los dos esclavos y los hizo 
soldados. 

Don Luis Baena, comerciante y miembro dis- 
tinguido de la ciudad, convicto de tener prácticas 
con el enemigo, fué condenado por el tribunal 



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militar á ser fusilado. Los comerciantes extran- 
jeros congregados para impetrar la gracia, cono- 
ciendo las dificultades del tesoro público, ofre- 
cieron en rescate la suma de 60,000 patacones 
para vestir el ejército. Inclinados al perdón esta- 
ban los miembros del gobierno, ménos el coronel 
Pacheco, quien reclamaba la aplicación de la ley, 
diciendo: «Si la vida de un hombre pudiese 
rescatarse con oro, el erario aunque pobre, 
rescataría la de Baena, pero la vida de un traidor 
no se rescata jamás. » Y Baena fué fusilado. 

De tal modo procedía la defensa, tanto del 
lado moral, si así puede decirse, que del físico. 

Entónces Montevideo no tenía sino una línea 
de fortificación apénas trazada y defendida por 
cinco únicos cañones. Antiguas piezas de artille- 
ría que por ser inútiles, servían de postes en las 
esquinas, fueron sacadas y trasportadas sobre 
carros; improvisada una fundición y una fábrica 
de pólvora, la línea de fortificación, llevada á 
término, pudo recibir cien cañones, muchos 
de los cuales, sin embargo, eran á veces fatales 
á los artilleros que los manejaban. A datar del 
16 de Febrero, fué de necesidad llevar al campo 
este ejército de jóvenes reclutas, entre los cuales 
se veían confundidos al rico señor con el pobre 
obrero, al hombre de letras con el esclavo resti- 
tuido á la libertad, para combatir á un ejército de 



Ó UNA NUEVA TROYA 


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veteranos orgullosos de los antiguos triunfos y 
fuertes por el terror que la barbarie les imponía. 

Y sin embargo, tal prodigio pudo cumplirse, 
porque los héroes de Montevideo tenían por 
maestro al general Paz, quien por su larga expe- 
riencia, gran talento y noble patriotismo, le era 
dado obtener inesperados sucesos. 

Cooperando también á tal objeto el Ministro 
de la Guerra, con su gran influencia, su convin- 
cente palabra y su fé inmensa en el honor nacio- 
nal, había podido trasmitir al ejército un arrojo 
inmenso; de tal manera, que las tropas severa- 
mente disciplinadas en las escaramuzas, en las 
avanzadas y en los combates de todos los días, 
llegó á ser en breve un-puñado de héroes. Deci- 
mos todos los días y nos complace repetirlo, 
porque es difícil creerlo, sí, todos los días, se 
luchaba y la ciudad todos los días se sorprendía 
como Troya, de un heroico hecho de sus defenso- 
res, ó de una bárbara acción de los enemigos. 
Así la defensa adquiría nuevo vigor por el doble 
efecto del entusiasmo y del odio. 

De la crueldad incr'eible, del ejército sitiador, 
necesario es que hablemos para que sepa la 
Europa, á cuales hombres estaría reservada la 
America del Sud, si desgraciadamente Montevi- 
deo, última defensa de la civilización, cayese en 
poder de tales bárbaros. 



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Jamás los asediantes perdonaron la vida de 
un solo prisionero, y felices de aquellos que 
morían sin ser torturados. Véase la historia 
del ritió de Montevideo, y se leerá en la página 
101 la declaración de Pedro Toses, capitán del 
ejército de Oribe, prestada delante de la policía 
de Montevideo. Él declara : No recordar el nú- 
mero de prisioneros hechos por las tropas de 
Rosas en la batalla del Arroyo Grande, dice saber 
rin embargo, por haber sido testigo ocular, que 
fueron cortadas las cabezas á quinientos cin- 
cuenta y seis hombres. «Se conducían las 
victimas de veinte en veinte, desnudos, y con 
las manos ligadas; á cada grupo, era destinado 
un verdugo; y una vez sobre él lugar destinado al 
suplicio los prisioneros, eran obligados á arro- 
dillarse y en seguida se les cortaba la cabeza.» 

'Así se procedía con la generalidad 4e los már- 
tires, pero los oficiales superiores obtenían dis- 
tinciones horribles. 

Pedro Toses asegura haber visto dar muerte 
á el coronel Hinestrosa; despojado de sus ropas, 
fué primero mutilado; cortáronle después las 
orejas y le arrancaron las carnes á pedazos, ul- 
timándolo después los soldados del batallón Rin- 
cón á golpes de bayoneta; agrega después sin 
dar detalles, que la segunda víctima fué el lugar- 
teniente coronel León Berrutti; 



ó UNA NUEVA TROYA 


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Que el coronel Mendoza fué estrangu- 
lado; 

Que el mayor Estanislao Alonzo, fué 
muerto á garrotazos; 

Que el mayor Jacinto Castillo, el capi- 
tán Martínez y el subteniente Luis Lavagna, 
fueron descuartizados; 

Que el lugarteniente Arimendi, primero 
mutilado, fué después degollado; 

Que el lugarteniente Acosta, desnudado 
vivo, murió gritando: Viva la Libertad. 

En fin; Que el lugarteniente Gómez fué 
estrangulado, lo mismo que los subtenientes 
Cabrera y Carrillo. 

A tales enormidades, se habían entregado los 
asediantes con la esperanza de que horrorizados 
con semejantes matanzas, los defensores de Mon- 
tevideo habrían desistido de la empresa; pero se 
engañaban completamente, porque apercibidos 
de que cayendo en las manos de Rosas era en 
vano esperar el perdón comprendían la nece- 
sidad de batirse hasta la muerte. 

Pero estos nuevos soldados, ora combatiendo 
en emboscadas ó en terrenos accidentados, ó 
parapetados entre las trincheras, no habían toda- 
vía probado al enemigo de cuanto fuesen capaces 
en campo abierto; el Ministro de la Guerra se 
preparó á resolver este problema. 



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Con tal objeto en la noche del 10 de Marzo de 

1843, él se trasladaba con una división al pié 
del Cerro, y á las once, la parte del ejército 
enemigo que sitiaba aquella fortaleza era com- 
pletamente derrotado. 

El 10 de Junio de 1843 y el 28 de Marzo de 

1844, las armas de Montevideo, mandadas siem- 
pre por el Ministro de la Guerra, triunfaban de 
las fuerzas enemigas; en esta última jornada el 
general Ángel Núñez, rodeado de varios cadá- 
veres de sus soldados, moría sobre el campo de 
batalla; él el mas fiel de los oficiales de Rosas, 
era un traidor, porque al principio del asedio, 
abandonaba el ejército oriental y se entregaba 
en brazos del dictador. 

Sobre el mismo terreno, el 26 de Febrero 1844, 
una división enemiga era derrotada por el gene- 
ral Paz; y el 24 de Abril del mismo año, tenía 
lugar entre los dos ejércitos un combate indeciso, 
y finalmente el 30 de Setiembre, 100 hombres de 
caballería al mando del coronel Flores, derrota- 
ban á una fuerza enemiga de 500 hombres tam- 
bién de caballería. Por tal causa, el nombre 
histórico del Cerro, era cambiado por el de 
Campo de la fortuna. 

Y mientras que Montevideo sentía día á día 
casi á sus puertas tronar los cañones enemi- 
gos, la ciudad ofrecía á los ojos de las nació- 



Ó UNA NUEVA TROYA 


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nes, el espectáculo admirable de la unión en el 
peligro, de la unidad en la constancia. Los hom- 
bres de corazón rodeaban al gobierno y lo sos- 
tenían de todas maneras y á medida de sus 
fuerzas, con un patriotismo de que tal vez la 
historia no recuerda ejemplo. 

Es dulce para nosotros nombrar aquí porque 
sabemos se han hecho notables para la Europa, á 
Francisco Joaquin Muñóz, Andrés Lamas, Ma- 
nuel Herrera y Obes, Julián Álvarez, Alejandro 
Chucarro, Luis Peña, Florencio Varela, Fermín 
Ferreira, Francisco Agell, Joaquin Sagra, Juan 
Manuel Martínez, ciudadanos todos de Montevi- 
deo, que serán ciudadanos del mundo el día en 
que todos los pueblos sean hermanos en una 
República Universal. 

Lamas, cuando Pacheco y Obes entró al Minis- 
terio, fué nombrado jefe de policía en Montevideo, 
donde dió pruebas de una actividad extraordinaria 
y de un patriotismo ardientísimo; hombre de raro 
talento y de inmensa instrucción, ha sido clasifi- 
cado entre los primeros poetas del Estado Orien- 
tal, fué después Ministro de Hacienda y actual- 
mente Representante de la República en el Brasil. 

Ya hemos dicho, porqué la familia del coronel 
Pacheco y Obes se había refugiado en Montevi- 
deo y porqué la misma medida habían adoptado 
buscando la salvación, los demás habitantes d3 



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la campaña. Mas de 15,000 personas se hablan 
asilado en la ciudad siendo entónces de obliga- 
ción del gobierno desde el principio del sitio, 
socorrer á las necesidades de tantas infelices 
familias, y asegurar un pan á los pobres de la 
ciudad, de modo que mas de 27,000 personas, 
eran alimentadas y vestidas por el tesoro público. 

Habíase también provisto á los hospitales, 
y la familia de Pacheco y Obes, como ya hemos 
dicho, habla cedido con tal objeto, la propia casa. 
Los lechos que ascendían á mas de mil, donados 
por familias pudientes, eran demostración de 
una piedad, llevada á la magnificencia; 'los far- 
macéuticos, suministraban gratis los medica- 
mentos, los médicos, prestaban desinteresada- 
mente sus servicios, mientras que las señoras 
organizadas en asociaciones de caridad, velaban 
religiosamente á la cabecera de los enfermos. 

En los días felices de Montevideo, en la época 
de las cabalgatas que nosotros hemos ya descrito, 
cuando los conciertos musicales se difundían en 
las casas y por las calles, sus tertulias rivalizaban 
en brío á aquellas de Lisboa, Madrid y de Sevilla, 
y los modos gentiles y la franca hospitalidad de 
los habitantes, formaban la admiración de los 
europeos, que en esta virgen tierra encontraban 
el lujo y. la cultura del viejo mundo; ahora en 
cambio, durante el sitio, en las reuniones noc- 



Ó UNA NUEVA TROYA 


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turnas, es la única ocupación, preparar hilas, y 
únicamente se trata de los combates, de las accio- 
nes heróicas y de los heridos del día. 

Las grandes desventuras, son madre de las 
grandes virtudes y lo prueba acabadamente el 
doctor Fermín Ferreira, uno de los médicos mas 
distinguidos que hace verdadero honor á la Amé- 
rica; abandonando en los primeros días del sitio 
su clientela, se consagró al servicio de los hos- 
pitales y de los pobres; desde entonces no tuvo 
reposo, habríase dicho que este hombre no par- 
ticipando de las necesidades de la humana na- 
turaleza no sufriese con las privaciones de 
los alimentos y del sueño; dedicado siempre al 
cuidado de los enfermos y de los heridos, los 
atendía como lo pudiese hacer un padre; em- 
pobrecido al extremo, vendía lo que poseía 
para vivir, hasta las joyas de Id esposa; parecía 
que la miseria aumentase su patriotismo; es 
actualmente cirujano en jefe del ejército, y Pre- 
sidente de la Asamblea, y se encuentra á la par 
de todos los defensores de Montevideo en la 
mayor pobreza. 

Montevideo apesar de esta época de desgra- 
cias y miserias, ha visto nacer sus mas bellos 
establecimientos públicos. El Ministro de la 
Guerra, Pacheco y Obes, fundó los hospitales 
Militar y Civil, la Casa de Inválidos, las Escuelas 



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MONTEVIDEO 


Públicas y organizó la Sociedad de Socorros 
Mutuos. 

Lamas, el Jefe Político, dió nombre á las calles 
de la ciudad y vida al Instituto Histórico y Geo- 
gráfico. 

Herrera y Obes, Ministro de Gobierno, creó la 
Universidad. 

Por iniciativa de Bernardina Rivera, las seño- 
ras constituyeron la sociedad de beneficencia bajo 
el nombre de Sociedad de las Señoras Orientales . 

También durante el sitio se acuñó la primer 
moneda de la República; Lamas tuvo la idea, y 
el Ministro de la Guerra ofreciendo los objetos 
de plata, suyos, de su familia y de sus amigos, 
hizo después un llamado al pueblo que no se 
mostró sordo á él; reuniendo así desde el in- 
censiario del sacerdote hasta las espuelas del 
caballero. La moneda fundida en Montevideo 
tenía estas solas palabras: Asedio de Monte- 
cideo. 

De tal modo la capital de la República Oriental 
con un acto de Independencia individual, protes- 
taba contra los ataques de Rosas, á la pública 
independencia. 

Un hecho no expuesto hasta ahora por nos- 
otaos y que debía haber influido en nuestra 
política, es el ser Montevideo una ciudad casi 
francesa, porque entre sus cincuenta mil habí- 



Ó UNA NUEVA TROYA 


95 


tantos, sin exagerar veinte mil pertenecen á la 
Francia, éstos, ligados á la población por intere- 
ses comerciales y de familia, era imposible se 
hiciesen extranjeros en las vicisitudes, y acep- 
tando la causa de la patria adoptiva, tomaron con 
ardor las armas para defenderla. 

A esto se agregaba las antipatías que desde 
1839 existían entre I 03 franceses y los soldados 

y 

de Buenos Aires; y por esos antiguos rencores 
respecto á nuestros compatriotas, se oían á los 
soldados de Rosas gritar en las avanzadas : 

«¿Qué hacen los franceses que otras veces se 
armaron? 

¿Por qué no ármanse ahora que se combate 
deveras? » 

Apesar de tales palabras, la población francesa 
permaneció neutral; pero una leve chispa, basta- 
ba para encender gran llama; y ella vino en la 
circular de Oribe del l.° de Abril en la que 
amenazaba á todos los extranjeros de conside- 
rarlos como salvajes unitarios si no ocultaban 
prudentemente sus simpatías. 

Levantóse un grito de indignación; los france- 
ses corrieron á las armas y se organizaron en 
legión, legión sacra, que sostiene, apesar del 
gobierno, el honor de la Francia, legión invicta 
que sabe resistir al fuego y á la seducción, como 
también á las armas mas terribles aún que aque- 



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MONTEVIDEO 


lias de Rosas : á las calumnias de los diarios 
franceses. 

La legión cuenta ya 7 años de vida, y desde 
su creación provee por si misma á sus necesida- 
des, no recibió jamás una recompensa, y lejana 
tres mil leguas de la patria, envuelta en la mise- 
ria hoy día común á todos, descalza y andrajosa, 
cubierta de cicatrices como su propia bandera, 
pasea orgullosa de su desnudez por las calles de 
Montevideo, cuyos habitantes saludan al francés 
como hermano, y lo veneran como defensor. 

Y es verdad, no hay palmo de tierra en la 
inmensa linea de defensa de Montevideo, que no 
haya sido bañada por sangre francesa, y sépanlo 
los minis tros y el gobierno que los ha abandona- 
do, mas de mil de los nuestros, han caido desde 
el origen de la legión francesa. 

El coronel Thiébaut, antiguo oficial del ejército 
imperial, es el jefe de la legión y el coronel Brie, 
ex-negociante distinguido, ahora valeroso solda- 
do, tiene el mando de los Cazadores Vascos; el 
teniente coronel Des Brosses, el doctor Martin 
de Moussy y casi todos los franceses estableci- 
dos en Montevideo tomaron parte en la forma- 
ción de esta legión. Rosas, ha empleado el oro 
á manos llenas para provocar la diserción, 
pero en los siete años transcurridos únicamente 
tres hombres han abandonado las filas: Pela- 



Ó UNA NUEVA TROYA 


97 


bert, comandante del primer batallón y dos de 
sus soldados. 

¡Tres traidores en tres mil hombres ! tuvieron 
más los espartamos, que contaron un fugitivo en 
trescientos. 

A la formación de la legión francesa, siguió la 
de los italianos creada por Garibaldi, ávido de 
aventuras y peligros. Un nuevo campo se le ofre- 
cía, pues ya comandante de la flota nacional, sen- 
tíase privado de las luchas que se sucedían en 
tierra y fué visto él mismo día marchar á la ba- 
yoneta, á la cabeza de un batallón de infantería 
y cargar en medio á la caballería á un escuadrón 
enemigo. Pero los lamentos de Italia llegábanle 
mezclados con las brisas del Mediterráneo y en- 
tónces todo cesó para él, solo un sacro deber 
podía impedirle cumplir un tan noble sacrificio. 

Al lado de Garibaldi brilla un nombre ilustre 
en la legión italiana : Francisco Anzani, hombre 
de extraordinario coraje y de severas costum- 
bres. Jamás fué visto en Montevideo, sinó en 
medio á los soldados, vestido como ellos, y 
dividiendo también con ellos sus alimentos, 
soñando la libertad de Italia, combatiendo por la 
del Nuevo Mundo. La libertad era su esperanza 
y el ideal de su vida. 

Cuando en el 1847 Garibaldi partió de Monte- 
video con un centenar de sus legionarios para 



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venir á combatir en Italia, Anzani gravemente 
enfermo, quiso á todo costo embarcarse, y moría 
tres días después de su arribo á Italia, pensando 
en la independencia de la patria, por la cual 6a- 
'ribaldi debía combatir inútilmente, y decimos 
inútilmente bajo el aspecto de las condiciones 
actúales, pero no con la desesperación del por- 
venir. 



Ó UNA NUEVA TROYA 


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CAPÍTULO V 


El orden délos acontecimientos, nos ha alejado 
del ejército de Rivera, que después de retirarse 
de Montevideo, no permaneció inactivo. 

. El enemigo fuerte de 6000 infantes y 900 de ca- 
ballería había establecido el sitio á la ciudad; en 
persecución de Rivera, había expedido el resto 
de sus fuerzas; — Teniendo principio entonces 
una lucha admirable, debiendo Rivera con su 
talento, con el conocimiento del terreno, con el 
coraje de sus soldados, fuerte apenas de 5000 
hombres de caballería, contener á un enemigo que 
contaba 6000 hombres de la misma, arma, un 
batallón de infantes y una batería de cañones. 

Para colmo de desventuras, la marcha de Ri- 



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vera, se hacía de día en día mas dificultosa y gra- 
ve, pues los habitantes de la campaña, imposibi- 
litados de refugiarse en Montevideo, se adherían 
al ejército, pareciendo mas bien éste, una tribu, 
que en los últimos tiempos, contabá perfecta- 
mente cuatrocientos carros, repletos de mujeres 
y niños, — y además un número mayor de fujiti- 
vos, que privos de medios de trasporte, seguían 
al ejército á pié ó á caballo. 

No se escapaba á la penetración de Rivera ni 
ala de sus soldados, que estaban expuestos á un 
total esterminio, — (con aquella gente inhábil para 
la guerra, — de estorbo en los campamentos, y 
que ocasionaba un retardo en las marchas,)— pe- 
ro apesar de eso se sostuvieron en la lucha, fieles 
á su deber dos años,— siempre batidos, pero no 
vencidos. 

Por fin, es completamente derrotado Rivera, en 
la funesta jornada del Paso de la Paloma; tal sin 
embargo, es la desesperación de este hombre, tal 
la popularidad que lo circunda, tan en suma el 
amor á la patria que inflamaba á los orientales 
todos, — que la victoria de Solis, le vuelve aquel 
prestigio que había por un instante perdido. 

Pero Urquiza, á la cabeza de 4000 hombres, 
viene á servir de ayuda al enemigo, y derrota á 
Rivera en Malbajar y en Aréquita, y éste, apesar 
de tales reveces, resuelve el 28 de Marzo presen- 



Ó UNA NUEVA TROYA 


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tar batalla á Urquiza. — Las fuerzas eran iguales 
por ambas partes; antes de producirse el encuen- 
tro, el general Rivera, dispuso que los carros 
que transportaban las mujeres y los niños, se 
aproximaran á la frontera del Brasil, para inter- 
narse en caso de una derrota;— se perdió la ba- 
talla, y fué salva, gracias á aquella disposición, 
aquella errante tribu, conjuntamente á una parte 
del ejército. Desde entonces familias y soldados, 
tienen su residencia en Rio Grande y las reitera- 
das promesas de Rosas, no han podido conse- 
guir que vuelvan á pasar las fronteras, que los 
separa de la patria, — tanto es el odio que les ins- 
pira el tirano,— que han preferido la proscripción 
y la miseria. 

El ejército de la campaña, destruido en la ba- 
talla de India-Muerta, había cumplido con su 
deber; — dejando sobre el campo de batalla la ter- 
cera parte de su fuerza. Este glorioso combate 
fué ilustrado con la sangre de tantos mártires, y 
la historia del pueblo oriental , recordará con 
cariño los nombres de Aguiar, Silva, Cuadra, 
Blanco y Luna, capitanes que primero cayeron 
por la independencia de la patria;— y la historia 
ñel dirá, que los desastres alcanzados, no son 
atribuidos á la tropa ni á los jefes, sino sola- 
mente al general Rivera, quien jamás quiso or- 
ganizar militarmente sus fuerzas, por lo que 



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nunca pudo hacer una guerra de soldado, sino 
de aventurero. 

Después de la batalla de India-Muerta, y cuan- 
do los restos del ejército pasó la frontera de Rio 
Grande, uno solo de los jefes decidió no hacer 
la vida del proscriptos — era el coronel B rígido 
Silveira, quien con un puñado de valientes, deci- 
didos á morir, resolvió proseguir la lucha, y re- 
tirándose al distrito de Maldonado, aprovechan- 
do lo accidentado del terreno, comenzaron una 
guerra, de emboscadas y de ataques nocturnos 
que el enemigo no esperaba. Desde entonces, no 
hubo destacamento del ejército de Oribe que se 
aventurase en la campaña, que no fuese atacado 
por aquellos infatigables soldados, de los que 
eran notables todos sus movimientos. — Además 
cuando sobrevenía una tormenta, en lo mas recio 
de ella, aprovechaba para llevar sus ataques, 
hasta las mismas tiendas del enemigo, donde 
hacía oír su grito de guerra. — En vano Oribe pa- 
ra dar caza á estos héroes, mandaba un escua- 
drón de tres mil hombres, unas veces constitu- 
yendo un solo cuerpo de ejército, otras en 
partidas; — sin embargo dos largos años emplea- 
ron en esterminarlos, sobreviviendo únicamente 
Brígido Silveira, quien encontró modo de regre- 
sar á Montevideo, donde reside actualmente. 

La batalla de Malbajar, anterior á aquella de 



Ó UNA NUEVA TROYA 


1()3 


ludia Muerta, tuvo lugar en Enero de 1844. Cu 
grupo de quinientos hombres, salvados del de- 
sastre, concibieron el proyecto de abrirse cami- 
no hasta Montevideo; llegando inesperadamente 
á espaldas de las lineas del asedio, llevaron un 
ataque y sobre cadáveres de enemigos entraron 
triunfantes á la fortaleza del Cerro. 

Al frente de estos bravos estaban lqs coroneles 
Flores y Estibao, los que se presentaron al go- 
bierno con las espadas aún bañadas en sangre: 
« el ejército, — dijeron— déla campaña ha sido der- 
rotado y nosotros impotentes de rehacerlo, he- 
mos venido á compartir la suerte de los defen- 
sores de Montevideo;» fué realmente providencial 
tal refuerzo, por que la guarnición disminuida 
día á día, no podía reponerse, mientras el ene- 
migo recibía continuamente refuerzos de Buenos 
Aires. Y efectivamente las filas de los defensores 
de Montevideo habían disminuido, alcanzando á 
mas de tres mil, el número de los que habían 
caído con los coroneles Sosa, Torres y Neira. 

Sosa que con razón puede llamarse el Héctor 
de la nueva Troya, era uno de aquellos hombres, 
para los que no existen peligros de ninguña clase 
y á semejanza de Nelson, podía preguntar nóá los 
doqe, á los treinta años : ¿ qué cosa es el miedo ? 
Se le hubiese creído descendiente de los antiguos 
Titanes, nada, siendo para él imposible. Fué vis- 



104 


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to un día, con solo catorce hombres de caballería, 
atacar á den bascos españoles y ponerlos en 
faga. 

Otea vez en medio de catorce soldados que 
creían fácil tomarlo prisionero, h abrióse paso, 
matando dos, — regresaba al cuerpo de donde lo 
habían separado. 

Un día se encontraban con un destacamento 
enemigo al frente, y el jefe de Sosa manifestó la 
necesidad de ciertos datos, que únicamente le po- 
dría dar un prisionero, y Sosa se lanza sobre el 
campo enemigo, toma á uno que le fué posible 
alcanzar, y poniéndolo atravezado sobre su ca- 
ballo, se presenta á su superior, diciéndole: 
«aquí está mi coronel, lo que Vd. necesitaba.» 

Hasta parecía que la muerte respetase á aquel 
hombre! 

Y efectivamente una vez uno de los mas valien- 
tes oficiales de la fuerza enemiga, encontrándose 
con Sosa, en el calor de la refriega, le apunta con 
su pistola, hace fuego, y el tiro no parte, y él en 
vez es muerto por Sosa. 

Conversando una vez con cinco de sus solda- 
dos, próximos á un bosque, cayó en una celada, 
tendida por el enemigo oculto entre los árboles; 
— los soldados caen en tierra heridos, y sola- 
mente Sosa resulta ileso, y en vez de huir ó reti- 
rarse, se dirije hácia el bosque, de donde sale 



Ó UNA NUEVA TROYA 


105 


cinco minutos después, con su espada ensan- 
grentada. 

Las prohezas de Sosa, eran el tema de las 
conversaciones en la ciudad, como al mismo 
tiempo eran el terror del enemigo. 

Por esto el día 8 de Febrero 1844, fué día 
de luto para Montevideo. Estando él en las avan- 
zadas lué herido como Turenne y como Bruns- 
wick por una bala de cañón, pero no cayó como 
aquellos del caballo, apesar de que por la herida, 
se le viesen todas las entrañas. Bajó á tierra, 
diciendo á sus soldados: aereo estar herido . » 
Pero apercibiéndose de que no solo estaba he- 
rido, sino herido de muerte : « amigos — dice él, 
yo me muero , pero Vds., Vds.„ quedanpara de- 
fender y salvar la patria .» 

La nueva llegó á la ciudad casi llevada por la 
bala de cañón, que lo habla herido. El ministro 
fué á ver al moribundo; al verlo éste, se incorporó 
ligeramente, le es tendió la mano y lo enteró de 
lo acontecido con una tan tranquila serenidad 
que no parecía hubiese llegado al fin. Escuchá- 
balo el .ministro con la cabeza inclinada porque 
.no solamente perdía en Sosa uno de los mas 
valientes capitanes del ejército, sino también á 
uno de sus más tiernos amigos. La voz de Sosa 
dejó de oirse. Estaba muerto. El ejército vistió 
de luto, no por órden pero sí por potente necesi- 



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dad del corazón, pues á cada uno le parecía, con 
su muerte, haber perdido un hermano ó un amigo. 

A tanta virtud era poco el reconocimiento de 
los hombre,s por lo que el gobierno no hizo mas 
que expedir el siguiente decreto: 

« Ministerio de Guerra y Marina. 

Montevideo, 10 Febrero 1844. 

« El gobierno no dá recompensas á aquellos que 
combaten por la patria, pues ellos no hacen mas 
que cumplir con su deber; pero debe á la gloria 
nacional, el honorar los nobles hechos en pro de 
la República, haciendo eterna la memoria de los 
valerosos, y circundándolos del reconocimiento 
general, que es la mas bella corona del héroe. 

Por tal motivo, recordando, que el coronel 
Marceli n o Sosa, muerto el 8 del presente mes, 
ha consagrado con heroica abnegación toda su 
vida al servicio de la patria; que él fué en la 
guerra el primero entre los héroes, en la paz 
ciudadano integérrimo, y que en todo tiempo ha 
merecido bien de la patria; 

El gobierno resuelve y decreta: 

Artículo 1.* El primer regimiento de caballe- 
ría de la guardia nacional, tomará en adelante el 



Ó UNA NUEVA TROYA 


107 


nombre dé Regimiento Sosa, y llevará estas pala- 
bras en su bandera: Marcelino Sosa héroe entre 
los héroes.— La patria lo perdió el 8 de FeUrero 

1844. 

Art 2.® No se proveerá jamás al grado de 
coronel de este regimiento, en el cual Marcelino 
Sosa figurará como coronel efectivo, debiendo su 
familia recibir sus sueldos correspondientes, y en 
caso contrario, en cumplimiento á la ley del 12 
de Marzo 1829, serán versados en la caja de los 
inválidos del ejército. 

Art/ 3.* 

Art 4.® Cuando el ejército que asedia la capi- 
tal, haya sido derrotado, los restos de Sosa, se- 
rán trasladados al lugar donde fué herido, y se 
erigirá por cuenta del tesoro, un monumento 
sencillo, que lleve su nombre, el día de su muer- 
te, y sus extremas palabras: 

/ « Compañeros, salven la Patria » / 

Firmado — Suarez. 

Firmado — Pacheco y Obes. 


El Ministro de la Guerra, habló en la tumba del 
gran ciudadano.— Envuelto en la bandera de su 
escuadrón. Sosa fué sepultado en el sepulcro de 
la familia de Pacheco y Obes. Entrelos que acom- 



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MONTEVIDEO 


{tañaron el cadáver al cementerio, estaba el coro- 
nel Tajes, qué tiene actualmente la reputación 
de valiente que gozaba primero Sosa. 

Sosa, era un arrogante y grande hombre, ro- 
busto, excelente caballero, de una generosidad 
igual al coraje; montaba generalmente un esplén- 
dido caballo negro. — En la hora de la pelea, se 
levantaba las mangas, empañaba la espada ó la 
lanza y se le hubiese creído un héroe de Homero, 
6 un paladín del siglo de Carlemagno. 

Así es que era él circundado de dignos y vale- 
rosos soldados, habiendo día á día del asedio de 
Montevideo una página de gloria para los jefes 
de los asediados. 

Ayer era el coronel Muñoz, que con un grupo 
de ochenta hombres, atacaba una posición defen- 
dida por 400 soldados, los cuales deben la liber- 
tad á los refuerzos llegados. 

Hoy es el coronel Solsona que eon un batallón 
resiste á toda el ala derecha enemiga. — Entre 
los que combaten bajo sus órdenes, están sus 
tres hermanos, uno de los cuales Miguel, herido 
en la cabeza cae por tierra, pero levantándose to- 
ma un fusil y continúa batiéndose casi como si se 
hubiese caído para recojer un arma.. 

Mañana, Lezica y Batlle, que en el Pantanoso 
con solo 300 hombres, resisten á cinco batallones 
enemigos. 



Ó UNA NUEVA TROYA 


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Después el mayor Carro, que con treinta dra- 
gones atacando trescientos enemigos, queda con 
veinte y ocho de sus hombres sobre el campo de 
batalla. 

Mas tarde, el coronel Tajes, que á la cabeza de 
ochenta hombres destruye al segundo regimiento 
de Rosas; el coronel Villagran que á la edad de 
sesenta y cinco años, á la cabeza de pocos hom- 
bres de caballería, carga día á día al enemigo, 
siempre en número cuatro veces mayor. 

De todo lo que se puede deducir con razón 
que Montevideo estaría salvo, si hubiese bastado 
la abnegación y el coraje. 

En Junio de 1844, el general Paz llamado al 
comando de las fuerzas de Corrientes, dejó Mon- 
tevideo. Entonces el coronel Pacheco y Obes 
al mismo tiempo que desempeñaba el Ministerio 
de la Guerra, toma el mando de las tropas, y 
consigue dominar al enemigo, que en dos bri- 
llantes hechos de arma él batía. 

Era por lo tanto fácil de creerse, que la lucha 
tocase á su término, y para ello, se preparaba 
una batalla final, cuando el 8 de Octubre, un 
accidente imprevisto, mudó el aspecto de las co- 
sas, siendo este el origen de las desventuras de 
Montevideo. 

Sobre la pequeña escuadra gobernada por Ga- 
ribaldi, habían sin su conocimiento, buscado 



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refugio dos desertores brasileros. — Entonces el 
Almirante del Brasil, que tenia en las aguas de 
Montevideo, cuatro corbetas, sin previo reclamo, 
se movió en dirección á la escuadrilla oriental, 
con una goleta seguida de muchas embarcacio- 
nes. Llegada á tiro de pistola, echada el ancla, 
intimó se rindiesen á los dos desertores, amena- 
zando con hacer fuego si se negaban á some- 
terse. Indignado de tal proceder, el ministro de 
la guerra, lo comunicó á los demás miembros 
del gobierno, y se trasladó él mismo abordo de la 
escuadra, para proveer al honor nacional, pues no 
se podía transigir con las brutales exigencias del 
brasilero.— Pero estando abordo, recibe la órden 
del gobierno, de entregar los dos desertores, y 
cosa extrafia, la tal órden le fué intimada, por un 
oficial de ordenanza del Almirante brasilero. — El 
se negó á acatarla, pero insistiendo el gobierno, 
él se dimitió, declarando á un tiempo, que no 
abandonaría su puesto, si antes la fuerza enemi- 
ga no dejaba su amenazadora actitud; habiéndo- 
se estas retirado, descendió Pacheco y Obra á 
tierra. 

El gobierno aceptaba la dimisión del minis tro 
de la guerra, porque antiguas disensiones, entre 
el coronel y el general Rivera, eran por los amigos 
de este suscitadas, y también porque las enérjicas 
medidas del primero, habían herido á algunos 



Ó UNA NUEVA TROYA 


111 


miembros del gobierno y especialmente á aque- 
llos que viles intereses los aconsejaba arrimarse- 
á Rivera, el cual, como hemos dicho, 'despilfar- 
raba los dineros públicos. 

El ejército, enterado de la dimisión del coro- 
nel Pacheco y Obes, tomó las armas, y se rebeló. 
Duró tres días la ansiedad incesante en Monte- 
video, de ver el horrendo espectáculo de un go- 
bierno, derrocado por la fuerza militar. Pacheco 
y Obes que tenía las simpatías del soldado, supo 
resistirlos, y saliendo del país, retiróse á Rio Ja- 
neiro. El prestó inmensos servicios á la defensa 
de Montevideo y fué de los mas ardientes de- 
fensores de la patria; el odio que le tenían los 
enemigos del país, es un título incontestable al 
reconocimiento de los buenos ciudadanos. 

Llegado al poder, había sido su primer medida 
introducir la probidad en la administración, «es- 
tablecer en principios los derechos de la nación á 
los sacrificios de cada ciudadano, destruir en fin, 
la eondicion arraigada ya en Montevideo, de las 
influencias personales, y sustituirlas, por las 
imparciales de las leyes. Al rededor de él se ha- 
bían agrupado unos cuantos hombres nuevos 
celosos del lustre de la patria, por lo que dismi- 
nuyó el poder del general Rivera, poder que tuvo 
algunos momentos de vida á la caída del coronel 
Pacheco y Gbes, después de la revolución de 



112 


MONTEVIDEO 


Abril, pero que debió ceder, á la excelencia del 
sistema del ex-ministro de la guerra. 

Sin embargo, es necesario convenir, que el 
coronel Pacheco y Obes, avanzó demasiado en 
sus ideas de reforma, y no eligió el tiempo opor- 
tuno, porque siendo Rivera el verdadero jefe del 
partido nacional, no debíase atacar su influencia 
en el momento mismo, que se sostenía la guerra 
contra el do mini o extranjero, — por lo que él cal- 
do, nace la división y el desorden. Por otra par- 
te, la extrema obstinación del carácter del coro- 
nel Pacheco y Obes, que jamás se sometía á 
consejos, apartó de él, muchos hombres notables 
que tuvieron después tanta parte en su caída. Perú 
apesar de todo tuvo siempre el amor del pueblo, 
y el agradecimiento del soldado, en premio de los 
esfuerzos hechos, para mejorar su suerte. 

El retiro del coronel Pacheco y Obes, señaló la 
decadencia de la defensa; habiendo él constituido 
una autoridad fuerte á que todo cedía y obede- 
cía, ésta después de él, pasó á manos de hombres 
débiles, faltando así aquella mano potente, que 
había dado el impulso á la cosa pública. — 
La guerra continuó, débil, y el mismo entu- 
siasmo por la defensa, disminuyó, y para colmo 
de desventuras, cuatro meses después, el ejer- 
cito de Rivera fué destruido en India Muerta. 

Los orientales quedaban solos en la empre- 



Ó UNA NUEVA TROYA 113 

sa, y la nueva de una tal derrota que quitaba toda 
esperanza de triunfo fué casi un golpe mortal 
para los sitiados. 

El ministerio que en tal emergencia rodeaba 
al viejo presidente Suarez, estaba compuesto de 
Vázquez, de Bauzá, y de Santiago Sayago. Mo- 
vido por noble inspiración y rechazada toda idea 
de una capitulación que parecía inevitable, hizo 
un llamado al ejército, y expuesto el estado de las 
cosas, le ordenó combatir ó morir. 

«Nosotros no podemos descender á pactos 
con elenemigo, decía la nota oficial al coman- 
dante, y nosotros debemos, por lo tanto, si no 
podemos la nacionalidad salvar, al ménos, el 
honor del país.» 

Enterado el ejército de estas palabras, com- 
prendió lo que debía á la patria, y se preparaba 
á una batalla estrema, desesperada, cuando los 
buques que traían la nueva de la intervención 
anglo-francesa, echaron el ancla delante de Mon- 
tevideo. Los encargados de las dos naciones ins- 
taban al gobierno á diferir la lucha, asegurando 
que la Francia y la Inglaterra no pedían, sino el 
tiempo necesario para imponer y exigir la paz á 
Rosas; que en caso de una negativa del dictador, 
Montevideo tendría á las dos naciones por alia- 
das., El gobierno consintió y el ejército volvió á 

sus cuarteles, y desde esa época 5 Abril 1845, la 

s 



MONTEVIDEO 


114 

República espera en vano las promesas hechas. 

Cinco veces fué presentado un ultimátum á 
Rosas con amenaza de aniquilarle, en caso de 
negativa, y otras tantas él ha respondido con 
verdadera insolencia. Y tal insulto no ha sido 
vengado, mientras que la República Oriental obli- 
gada á la inacción, concluida por inútiles y lar- 
gos sacrificios, ha llegado al extremo de la 
desventura pública y de la miseria privada. 

También es verdad que á la primer negativa 
de Rosas, las potencias mediadoras respondieron 
con hechos que demostraban la voluntad firme 
de proteger á Montevideo. Las fuerzas anglo- 
francesas penetraron en el Paraná, Buenos Ai- 
res fué bloqueada; y Rosas fúé batido en Obligado 
por los aliados que se internaron en el Paraguay. 

La intervención socorrió también con dinero al 
gobierno Oriental, y llamado nuevamente Pacheco 
y Obes al comando del ejército, puso á éste en 
condiciones de reprender vigorosamente la guer- 
ra. Poco antes una división á las órdenes de 
Garibaldi y Batlle. era enviada á ocupar la Co- 
lonia y fortificar el Salto, posición importante, 
que por ser vecina á la frontera del Brasil, era 
un punto de apoyo y de reunión para los emigra- 
dos, un millar de los cuales habían poco á poco 
engrosado las filas del ejército nacional. 

En vano el enemigo, tentó por todos los me- 



Ó UNA NUEVA TROYA 


11* 

dios arrojar á Batlle de la Colonia y á Gari- 
baldi del Salto, pero al número, suplió el valor. 

Incomodado por todo el ejército de Urquizaántes 
de haberse podido fortificar, Garibaldi sostiene 
por seis horás un ataque en que 4,000 hombres se 
lanzaron desesperadamente contra 500 soldados, 
siendo con enormes pérdidas rechazados. Se 
mueve mas tarde Servando Gómez y puso sitio á 
la ciudad, pero Garibaldi en vez de esperar el 
asalto, salía continuamente á atacarlo, siendo 
cada salida para él, una victoria. Por último, 
tuvo lugar el célebre hecho de San Antonio, en 
que 200 italianos, en campo abierto, combatieron 
contra 1,200 soldados de Servando Gómez, entre 
los cuales contábanse 500 infantes. En esta jor- 
nada, después de cinco horas de pelea, Garibaldi 
perdía la mitad de sus fuerzas y el enemigo 400 
hombres. Dueño del campo de batalla después 
de una hora de descanso, se retiraba Garibaldi 
con todos los heridos al Salto. En premio á 
tanto valor, á la legión italiana le corresponde 
la derecha en el ejército oriental. 

En aquellos días el gobierno ascendía al grado 
de generales á Pacheco y Obes y Garibaldi, quie- 
nes se negaban á recibir tal recompensa, pero 
quienes cedieron sin embargo á la voluntad de 
los amigos. 

Miéntras tanto. Pacheco y Obes daba cima 



116 


MONTEVIDEO 


k la empresa, de' reorganización del ejército, 
y dividíalo en dos cuerpos; era misión de 
uno velar por la defensa de Montevideo; mién- 
tras que él debía ponerse al frente del otro, 
lanzarse k la campaña, unirse á Garibaldi y 
tener la dirección de la guerra; desgraciadamente 
Rivera regresó á Montevideo; la revolución de 
Abril sobrevino por lo que Pacheco y Obes, 
dimitiendo, tuvo por sucesor á Rivera. 

El cual partiendo para la campaña obtuvo al 
principio felices sucesos; pero se encontraba al 
frente de un ejército que había roto todo vínculo 
de disciplina; un batallón se sublevaba al pri- 
mer revés, él quería desarmarlo precisamente 
en momentos en que el enemigo se movía impo- 
nente, á vengar las pasadas derrotas. Rivera 
no aceptó la batalla y se internó en el país; pero 
fué después nuevamente batido y se refugió en 
Maidonado; por tales causas desaparecieron las 
concebidas esperanzas de salvar el país. 

La revolución de Abril fué el último destello 
de la popularidad de Rivera, la última tentativa 
de sus partidarios, y la sola mancha de la defensa 
de Montevideo, porque en aquel nefando dia se 
esparció la sangre de los mas generosos defen- 
sores de la República. 

Las terribles escenas del puerto, dejaron un 
indeleble recuerdo en Montevideo. En uno de 



Ó UNA NUEVA TROYA 


117 


estos tumultos el coronel Jacinto Estibao, es 
asaltado por 800 rebeldes. Él no era hombre de 
rendirse y luchó dos horas consecutivas, cayendo 
uno tras otro á su lado todos sus fieles, quedando 
únicamente Estibao con un ayudante de campo 
en pié, y entonces derramando sangre de sus 
muchas heridas, se apoderaron de una azotea 
donde después de una resistencia inaudita, deses- 
perada, los dos fueron muertos. 

Estibao, era considerado y con razón uno de 
los mas notables ingenios de la República Orien- 
tal. Joven, valiente, escritor elegante, de óptimo 
corazón, y de una fé inconcusa, en lo bello y en lo 
bueno, para él eran palabras vanas, la falsedad, 
la mentira, la traición. Era hermano de armas del 
general Pacheco y Obes; en la lucha que sos- 
tuvo (para él la estrema), los Almirantes Fran- 
cés é Inglés, deseando salvarlo, insistían para 
que abandonase su puesto y se agregase á un 
destacamento que á poca distancia había, de 300 
marineros de las dos naciones; pero Estibao 
respondía : 

« El general me encontrará vivo ó muerto, en 
el puerto en que me ha dejado. » 

Cuando no le quedaban mas que 8 soldados, 
uno de estos acercándosele, coronel, le dice, 
nosotros no podemos ya resistir; — y él, como 
ya le hubiesen roto el brazo derecho, tomando 



118 


MONTEVIDEO 


con la mano izquierda, la pistola por el cafion, 
le rompió con la culata la cabeza á aquel hom- 
bre, que no sabia, que cuando no se podía ya 
resistir era necesario morir. 

Se lloró también aquel día la muerte del ma- 
yor Bedia, joven de grandes esperanzas, valiente 
oficial, que en las horas que lo dejaba libre el 
servicio, se consagraba al estudio, tanto, que á 
la edad de 24 años, podía decirse matemático 
excelente; él tenia cinco hermanos todos solda- 
dos, el mayor Joaquín, era Teniente-Coronel, y 
madaba como segundo jefe á la artillería orien- 
tal en la batalla del Arroyo Grande ; — cuando 
se apercibieron de la suerte de la batalla, los ar- 
tilleros se pusieron en fuga; -- conduciéndole 
un soldado el caballo, en vez de aprovecharse, 
lo hirió con la espada, y el caballo huyó dando 
dolorosos relinchos. Entonces como la artillería 
enemiga atacaba en masas compactas, aproxi- 
mándose á un cañón, todavía cargado, hizo fue- 
go, haciendo así el último tiro de la jornada: 
después de esto, cayó, recibiendo veinte golpes 
de bayoneta. 

Los otros cuatro, sobrevivientes hermanos, tie- 
nen fama de valientes é inteligentes oficiales, — y 
uno de ellos manda un escuadrón de artillería 
en Montevideo. 

El mismo día la República perdía también al 



Ó UNA NUEVA TROYA 


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capitán José Batlle, hermano del coronel, jóven 
de mérito inmenso. 



120 


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CAPÍTULO VI 


Los desastres del general Rivera, originaron un 
cambio de gobierno, ó mejor dicho, una reacción 
contra su sistema. El ministerio se organizó de- 
finitivamente, como actualmente. Los hombres 
que lo componen, secuaces de las ideas de Pache- 
co y Obes, administraron rectamente la cosa pú- 
blica, y puede decirse con razón, que sobre ellos 
pesa mas grave la responsabilidad de la defen- 
sa, porque agotados los elementos de vida 
de la República, y obligados á una ciega depen- 
dencia del gobierno francés, creyeron en las pro- 
mesas de aquella Francia, que jamás cumplió su 
palabra. 

Así después de siete años de resistencia, la 



UNA NUEVA TROYA 


121 


miseria de este pueblo infeliz, ha llegado al ex- 
tremo. No hay familia que no viva en las mayo- 
res necesidades, habiendo hasta los mas ricos, 
vendido á vil precio todos sus recursos -tanto, 
que todos los habitantes indistintamente, sub- 
sisten gracias á los víyeres públicos. 

El viejo Presidente Suarez ha donado todos 
sus sueldos, — los ministros viven como el 
último ciudadano del pan del soldado. Ellos vi- 
ven en medio á tanta miseria, con el dolor de no 
poderla aliviar, viendo agotados los medios de la 
defensa, y cercano el triunfo del enemigo. Ellos 
sufren como los otros, y son los primeros en dar 
el ejemplo, consolados con la única esperanza 
deque el día que caiga Montevideo, la venganza 
de Rosas, pesando terrible sobre sus cabezas, 
disminuirá aquella reservada á sus propios con- 
ciudadanos. 

El subsidio mensual de 35000 patacones que 
el gobierno francés paga á Montevideo, antes 
que una ayuda á las dificultades públicas, se ha 
convertido en un dolor, en una vergüenza, por- 
que los agentes franceses de ello encargados, 
hacen á los necesitados, de todas maneras, ma- 
teria de irrisión y de desprecio, — por lo que 
puede decirse que reciben únicamente ese subsi- 
dio, la ilustre empresa, los nobles sacrificios, el 
heroico patriotismo digno de la antigüedad, por 



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lo que llegarán á ser inmortales los defensores 
do Montevideo. 

La ciudad, antes del asedio, contaba 60000 ha- 
bitantes, los que actualmente están reducidos á 
menos de 24000. La mayor parte de la población, 
menos los franceses, abandonó la ciudad, su- 
friendo los pocos que permanecieron, el hambre, 
la peste y la miseria. Estos tres azotes y los dia- 
rios combates, disminuyeron el número de los 
habitantes. Pero jamás pueblo alguno sufrió con 
mayor resignación y virtud, tales desastres, por 
mas grande que fuese el daño que proporcionaba 
á toda clase de ciudadanos. Desde hace mucho 
tiempo, su comercio ha cesado. Los pudientes 
han visto sus recursos poco á poco agotarse. El 
proletario busca en vano desde hace tiempo el 
trabajo. Todo hombre es soldado ü oficial, y ni 
uno ni otro recibe sueldo de ninguna clase. Las 
mujeres después cuidan á los heridos y compo- 
nen la ropa de los soldados, mientras los viejos 
velan por la seguridad interna de la ciudad, y los 
muchachos cuando truena el cañón, abandonan 
la escuela, y proveen de cartuchos a los comba- 
tientes. 

Un día en el 1844, una mujer, se presentaba 
al ministro de la guerra, con un jovencito de la 
mano — y le dice: *hoy nú hijo cumple catorce 
años, — y yo os lo entrego, á fin de que sirva á 



Ó UNA NUEVA TROYA 


123 


la patria, como sus cuatro hermanos muertos 
por ella.» 

Todos conocen en Montevideo esta madre 
Espartana, la señora Carrea, que perdiendo tres 
hijos en una misma batalla decía casi muerta por 
el dolor: Porqué no tengo otro hijo que ofrecer 

a la Patria ?. » 

Hemos citado entre mil casos, únicamente 
dos, por que si los hombres en aquellos tristísi- 
mos dias, dieron prueba de corage y de abne- 
gación, las mugeres fueron sublimes por virtud 
y por sacrificios, — no hubo entre ellas, una 
sola, que en la hora del peligro disuadiese de 
tomar parte en la pelea, al padre, al marido, al 
hijo ó á el amante; — tanto mas que de todas 
partes de la ciudad se hacía sentir el estrépito 
del combate, en el que todas las familias, tenian 
cuando menos, un deudo; — entonces el extran- 
jero que se encontraba en Montevideo , podía 
creerse en el asedio de Esparta; — toda muger, 
madre ó esposa, era una Lacedemonia, se les 
veía sobre las azoteas, fijos los ojos con ansia 
sobre el campo de batalla, pálidas, pero tran- 
quilas y resignadas, seguir todas las peripecias, 
que, muchas veces eran fatales. 

Terminado el encuentro, los enviados, de los 
sobrevivientes, recorrían la ciudad, distribuyen- 
do á cada familia su parte de dolor, — y mu- 



124 


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chas veces se aproximaba á un hogar , poco 
antes relativamente feliz, — una camilla sobre la 
cual, muerto ó moribundo, regresaba ensangren- 
tado el sosten de él. 

No hay casi ninguna familia en Montevideo, 
que en el largo asedio, no haya vestido de lu- 
to, — pero no hubo desventuras por grandes 
que fuesen, que hayan hecho disminuir el pa- 
triotismo de la muger. Aquellas que figuraban 
en primera línea, por fortuna ó posición social, 
lo fueron también por coraje y sacrificios. 

Entre ellas, una digna del incienso real, pálida 
y vestida de negro, y que dirije el hospital de las 
Señoras Orientales, es Cipriana Herrera de Mu- 
ñoz, es la esposa de F rancisco J oaquin Muñoz uno 
de los fundadores de la nacionalidad oriental, — 
es la madre de Francisco Muñoz — teniente coro- 
nel muerto por la patria, — es la madre de José 
María Muñoz uno de los mas distinguidos coro- 
neles del ejército, y la madre también de Andrés 
y Carlos Muñoz, defensores de Montevideo. 

Observadla y la vereis: en el hospital, curar á 
los heridos del batallón de su hijo, — entrar des- 
pués eñ la casa de la viuda y del huérfano para 
proporcionarle un instante á la madre perdida, — 
dirigirle al soldado palabras entusiastas para in- 
flamar su coraje; al hombre de estado, inducirlo 
á grandes propósitos, y si en este afanarse en 



Ó UNA NUEVA TROYA 


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obras de caridad y de sacrificios, el cañón truena, 
la madre no temblará por la vida del hijo, pero 
sí la ciudadana por la suerte de la patria. 

Cuando una nación alberga en su seno tales 
mujeres, los hombres que combaten bajos sus 
ojos, resultan héroes. 

Pero á las escenas de dolor y patriotismo que 
nosotros esponemos á la 'Europa, el gobierno 
francés responderá: ¡pero la Francia protege á 
Montevideo! Sí, á Montevideo agonizante la 
Francia recita la oración de difuntos. ¿La inter- 
vención de la Francia en el Plata, proporcionó 
mayor ayuda que aquellos inútiles socorros á los 
heridos de muerte? 

Sobre el magnífico río que baña á un tiempo 
Buenos Aires y Montevideo, flamea la bandera 
de la Francia. Pero á la vista de ella (que la Italia, 
Nápoles, Milán y Venecia ha habituado á hor- 
rendos espectáculos), los prisioneros son dego- 
llados; los mismos franceses que comparten las 
amarguras de Montevideo, mutilados, tortura- 
dos, lanzan en la última agonía un grito de maldi- 
ción contra aquella bandera inhumana. Enfin á la 
vista del pabellón francés, los enemigos de Mon- 
tevideo con el insulto y el desprecio en los labios, 
consideran delito endas víctimas que inmolan, el 
haber creído en las promesas de la Francia. 

El gobierno de Luis Felipe propuso cuatro 



126 


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veces á Rosas la paz, y obtiene cuatro insultantes 
negativas, que la Francia entónces tragaba de 
acuerdo con la Inglaterra que sufría tranquila- 
mente tal vergüenza, porque en sus miras po- 
líticas soñaba el dec aimi ento de la influencia 
francesa en la América del Sud. 

En vano los defensores de Montevideo pedían 
á las dos potencias cortasen la cuestión definiti- 
vamente, porque no existiendo la paz ni la guerra, 
la ciudad ligada á esta ficticia intervención, veía 
poco á poco desaparecer los elementos de defensa, 
sin la esperanza de buscar solución en una bata- 
lla, última, desesperada. 

Para disimular un tal proceder el gobierno de 
Luis Felipe daba á conocer los tratados hechos 
con la Inglaterra; — pero ésta cesó en la interven- 
ción por la revolución del 1848, y la Francia re- 
publicana, hizo flamear su bandera sobre las 
aguas del Plata. 

A tan grande novedad, adquirieron nuevo áni- 
mo los defensores de Montevideo. 

Y realmente ¿cómo suponer que la joven Re- 
pública, no se mostrase al respecto, fuerte y 
leal? — ¿Qué duda podían inspirar los hombres 
del nuevo gobierno, que desde el año de 1830 en 
la prensa y con las protestas, acusaban á Luis 
Felipe, de prostituir el honor de la Francia? 

Montevideo, renacía á las esperanzas del por- 



Ó UNA NUEVA TROYA 


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venir, cuando hacia el fin del año 1848 fué sor- 
prendida por una grata nueva. El Almirante Le 
Prédour comandante de las fuerzas navales de 
la Francia en el Plata se había presentado al go- 
bierno, declarando, haber recibido órdenes de 
trasladarse á Buenos Aires para proponer á Ro- 
sas la paz, agregando, que tal medida era un ul- 
timatun de la voluntad déla Francia. 

Después de tal declaración se esperaba por 
instantes el regreso del Almirante. Pero súpose 
al fin ¡después de cuatro meses! que aquel pre- 
tendido ultimátum, había tomado aspecto de tra- 
tado diplomático. El gobierno de Montevideo, 
protestó altamente, pero no cesaron por eso las 
negociaciones con Rosas. En tanto se pusieron 
en práctica todos los medios imaginables, para 
conseguir que la población francesa abandonase 
la asediada ciudad: se decía publicamente, que 
la Francia protegería á Montevideo, mientras se 
sembraba disimuladamente el desaliento en el 
pueblo, la desconfianza respecto de los minis- 
tros y la defección en el ejército. 

Pero como siempre Montevideo no respondió 
á.las esperanzas de sus enemigos. Y sin embargo 
la ciudad no había pasado hasta entonces por 
mayores peligros, pues la división se había intro- 
ducido entre las filas de sus defensores. 

Pacheco y Obes quería se protestase contra el 



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pliegue que las negociaciones habian tomado, y 
quería que apesar de la presencia del Almirante 
Le Prédour en Buenos Aires, se rompiese la 
guerra con todos los medios con que podía con- 
tar el país. 

Herrera y Obes, Ministro de Relaciones Exte- 
riores, creía oportuno esperar el resultado de los 
tratados y compartían la misma opinión el Presi- 
dente y los comerciantes de la ciudad. 

Con el parecer de Pacheco y Obes, estaba el 
ejército y el pueblo. 

El coronel Batlle que opinaba con el general 
Pacheco y Obes, dió su dimisión de Ministro de 
la Guerra; y fuerte era el temor de tristísimos he- 
chos, cuando regresó á Montevideo el Almirante 
Le Prédour portador de los indicados tratados. 

Estos, que sacrificaban á Montevideo y asegu- 
raban el triunfo á Rosas, tuvieron el poder de 
reunir en la común desventura á todos los de- 
fensores de Montevideo. 

El Almirante intentó imponerlos á la ciudad, 
amenazándola con retirarle el apoyo de la Fran- 
cia, si no se sometía á su voluntad; pero el go- 
bierno respondía enérgica y dignamente, dicien- 
do, que estaba resuelto antes de hacerlo, á 
hundir á la ciudad, en sus propias ruinas. 

Por tal negativa, el tratado fué remitido á Fran- 
cia, y el general Pacheco y Obes, fué encargado 



UNA NUEVA TROYA 


129 


de tutelar en París los intereses de la República 
Oriental y de obtener una resolución cualquiera, 
definitiva en la cuestión del Plata. Llegado á 
Francia, el general habló fuerte, empleando se- 
veras palabras de soldado. El dijo á la Francia: 
« Montevideo es el centro de vuestra prosperidad 
comercial en la América del Sud ; si queréis 
velar por vuestros intereses, socorred á Monte- 
video; en caso contrario, abandonadla á su pro- 
pio destino: porque es preferible morir pj'onto, 
que sufrir la cruel agonía á que desde hacen 
cinco años nos condena vuestra impotente inter- 
vención. » 

El general demostró también lo que tocaría á la 
Francia, cayendo Montevideo; — probó los delitos 
de Rosas, probó la incompatibilidad de éste con 
la civilización y con la vida futura de la América. 
Apesar de todo esto se iniciaron nuevamente 
negociaciones apoyadas por un grupo de solda- 
dos impotentes para sostener la dignidad de la 
Francia y que serán por su impotencia, testimo- 
nios dolorosamente impasibles de los nuevos 
abusos de Rosas. 

Tal partido, ló repetimos, de la Francia republi- 
cana, que nada cede á la Francia monárquica, 
debe herir el corazón de Montevideo, cuya débil 
voz no alcanza á una gran nación como la 
Francia, que en siete años ha sido impotente pa- 

9 



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ra conseguir el fin de sus largos dolores. Tal vez 
llegará el día, no muy lejano por cierto, en que la 
desesperación pondrá un término á esta heroica 
defensa, y Montevideo desaparecerá de la super- 
ficie de la tierra, — entonces de los écos de esta 
caída, que llegará hasta la Europa y hará latir de 
simpatía mas de un corazón, se dirá : 

«No es nada, continuad vuestro buen sueño, es 
una ciudad que ha caldo.» 

Y se engañarán completamente; Montevideo 
no es solo una ciudad, es un símbolo; no es solo 
un pueblo, — es una esperanza; — es el símbolo del 
orden, — es la esperanza de la civilización. Caída 
Montevideo, último asilo de la humanidad en la 
América Meridional, un poder anti-social esten- 
derá su sombra desde la cumbre de los Andes, 
hasta las riveras del Amazonas, destruyendo por 
mucho tiempo, sino eternamente la obra de Co- 
lón fecundada por cuatro siglos con la incubación 
europea. Los hombres que bajo Rosas diseminan 
en sus respectivos países, la destrucción y dán 
vida á la barbarie, son el símbolo de aquellos 
indios, que empuñando la lanza, rechazaban de 
las orillas de América, á todos los que del viejo 
mundo les llevaban la luz del Oriente; — aque- 
llos que desde dentro de los desmantelados mu- 
ros de Montevideo, luchan contra Rosas, son al 
contrario los representantes de las ideas de hu- 



Ó UNA NUEVA TROYA 


131 


manidad y civilización, que el viento europeo 
hace fructificar en el Nuevo Mundo, 

Reducidos al estremo, los asediados de Mon- 
tevideo, dirigieron la mirada hacia la Europa, 
fiando primero en las simpatías, y después en 
que protegerían sus propios intereses, ellos pi- 
dieron á la civilización un apoyo para el triunfo 
de la misma — ¿Serán abandonados en brazos 
de la barbarie? ¿El último grito que mandan 
por mi intermedio, será inútil y se perderá en el 
vacio ? 

¡ Oh ! demasiado inútil y perdido, como aque- 
llos que nosotros lanzamos en pro de los italia- 
nos y de los Ungaros. 

Suelen en el correr de los mas iluminados si- 
glos, tener lugar el desarrollo, de algunas épocas 
extraordinarias, en que el egoísmo individua Mega 
á comprimir, el arrojo general de un pueblo 
grande, y se suceden entonces los dias de desa- 
liento y de inercia, que no dejan suponer que 
se han sucedido otros, de fiebre y de brío, que 
han dado vida á las revoluciones. 

Esto sucede cuando en vez de las nobles pa- 
siones hijas de todo gran desórden que tenga 
por causa y por fin el progreso, aparece gigante 
la reacción esta gran diosa del interés y del 
miedo que pone en fuga todos los ángeles más 
bellos del cielo, la fé, el sacrificio, la fraternidad. 



132 


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Entonces lo escalan no se sabe cómo, y conservan 
el poder hombres que á los ojos de la mayoría 
que los ensalza., no tienen sino el prestigio de la 
mediocridad que en otros tiempos los convertiría 
en objetos de indiferencia y desprecio. Para es- 
tos eunucos políticos, de corta vista, pobres de 
espíritu, fríos de eorazón, no hablan los nobles 
instintos puestos por Dios, en el pecho de los 
hombres ; toda gran revolución; los sorprende, 
los aterra toda estrema medida; para esos inquie- 
tos y cobardes no hay mas que la calma del 
sepulcro. Muchos de los hombres fuertes que 
adquieren nuevo vigor en las batallas, y luces en 
la tempestad, se inspiran en la política de Luis 
XI y de Maquiavelo, ignorando los necios que 
el uno tenía un reino que ampliar, y el otro una 
nacionalidad que constituir. Mientras que para 
nosotros la nacionalidad está en las ideas, la 
soberanidad en el pueblo y mientras á nosotros 
Dios nos ha confiado la misión de erigir sobre 
nuevas bases, el edificio social. 

Así aquellos hombres ciegos é impotentes, ne- 
garon la luz de Dios, y se unieron en cambio con 
la Inglaterra y con el Austria, nuestros mortales 
enemigos. 

La Inglaterra, con quien tuvimos una guerra 
de cuatro siglos y que tentó inundamos, como el 
mar que á pesar de sus avances, es contenido y 
rechazado. 



Ó UNA NUEVA TROYA 


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La Inglaterra que nos recuerda eternamente 
los nombres de Crecy, Poitiers, Azincourt, Abou- 
kir, Trafalgar, Waterloo, á los cuales, no po- 
demos contraponer que los de Taillebourg y 
Fontenoy. La Inglaterra nuestra jurada enemiga, 
porque ella, no es mas que el hecho y nosotros 
somos la idea; porque ella no es mas que Cárta- 
go y nosotros somos Roma. 

La Inglaterra, verdugo de Juana de Arco y de 
Napoleón. 

La Inglaterra en fin que mira con envidia á 
Argel y que donde flamea nuestra bandera civili- 
zadora, se atraviesa siempre en el camino con 
cuestiones de comercio ó de industria. 

La Inglaterra que se hace nuestra aliada, 
solo cuando los intereses del regente Felipe ó 
del rey Jorge, se encuentran sobre el mismo 
terreno, porque el uno era un usurpador y el otro 
meditaba una usurpación. 

¡El Austria! 

El Austria que mejor que la Rusia representa 
el absolutismo en Europa, porque es el absolutis- 
mo civilizado. 

El Austria á quien nosotros, como á la Ingla- 
terra hemos combatido por el espacio de cuatro 
siglos. 

El Austria que la sucesiva política de nuestros 
reyes desde Francisco I hasta Luis XV tentaba 



134 


MONTEVIDEO 


de desmembrar y cuya alianza nos costó por la 
primera vez la guerra de siete años, la segunda 
la cabeza de Luis XVI y después la caída de Na- 
poleón. 

El Austria que fusila en Iivomia y apalea en 
Milán. 

El Austria que la providencia puso á nuestra 
disposición por la revolución de Alemania, de 
Hungría y de Italia; á cuya águila pudimos de 
un solo golpe tronchar las dos cabezas que miran 
al Sur y al Norte, y sobre cuyas heridas vertimos 
en vez, bálsamos á manos llenas, perdiendo así 
la popularidad y el honor de la Francia. 

Es necesario pues concluir; cuando los hom- 
bres que gobiernan á un pueblo circunscriben su 
política desde la calle Saint-Dénis al canal de 
SaintMartin, mientras debía tenerpor confineslos 
Andes y los Carpazú, cuando el egoismo ocupa 
el lugar del sacrificio, cuando en vez de desen- 
vainar la espada de Pavía, de Ivry, de d’Arques, 
de Casale, de Nerwoinde, de Steinkerque, de Da- 
nain, de Fontenoy, de Brandywoine, de d’ Arcó- 
le, de Rivoli, de Montenotte, de las Pirámides, 
de Marengo y de Austerlitz por la causa de la 
libertad, esconden en vez la espada y la vaina, 
y detienen así el progreso de la humanidad, puede 
decirse, con razón que una causa providencial los 
arrastre, que ahora oculta á nuestras miradas, 
se nos haga visible algún día. 



Ó UNA NUEVA TROYA 


135 


Y este día, será aquel de la venganza. 

Paciencia pue3 italianos, húngaros, montevi- 
deanos; llegará el tiempo en que un pueblo repu- 
blicano os dirá : « hermanos, nosotros os traemos 
la libertad y el comercio, sois libres y ricos co- 
mo nosotros y por esta libertad y por esta ri- 
queza que os ofrecemos en dono, oloidad nuestra 
intervención en Nésib, nuestra presencia en 
Roma, nuestra ausencia de Montevideo .» 

A la espectación de Kossut, de Mazzini y de 
Suarez;— quien dedica estas páginas á vuestra 
gloria,— única gracia que solicita, es un puesto 
de ciudadano en vuestras futuras repúblicas ! 


FIN 



FÉ DE ERRATAS 


Se han deslizado los siguientes errores, que salvamos en la pre- 
sente fe de «Tatas, por la que pedimos disculpa á los lectores. 


Págmas Dmót&ct 


Deke díor 


mas aproxima 
damos breves 
del gobierno español 
tentaron introducir 
otra de esterminio 
comprendidos 
Conservó su puerto, 
cansas de discusión, 
tiene instruios 
frutos del oro, 
estos ingenios 
que recuerdo los 
que apuró á los 
que despuso de haber 
y se retiró al Paraguay 
por todos un pueblo 
dominado obtenido 
un artiente y puro 
á quien llamaba 
por medio 
quien siendo de 
primado de nombre 
la ultimó, 
corazón nobles, 
atarse el cabello 
aquellos del dictador 
la inmigración; 

Y es verdad. 


mas se aproxima 
damos unos breves 
del comercio español 
tentaban introducir 
obra de esteraunío 
comprendidas 
Conservó su puesto, 
causas de disención, 
tiene instintos 
frutos de oro, 
estos ingenuos 
que recuerda los 
que opuso á los 
que después de haber 
y se retiró al Paraguay 
por todo un pueblo 
dominado. Obtenido 
un ardiente y puro 
á quienes llamaba 
por un medio 
quien riendo de 
privado de nombre 
lo ultimó, 
corazón noble, 
atarse al cabello* 
aquellas del dictador 
la emigración; 

Y en verdad.